Vicealmirante drogao, poh'!
Vicealmirante Oxley de la Marina de Chile, redrogadazo fue descubierto por un perro antidrogas de la propia fuerza. "El Duro" le dicen a este marinero.
Tras un discurso pronunciado en la apertura de una nueva sesión del Congreso Nacional del Partido Comunista Chino a finales de 2022, las contundentes y desafiantes palabras del presidente Xi Jinping sobre la búsqueda de un modelo alternativo de poder en el Pacífico fueron recibidas con un caluroso aplauso y un continuo apoyo interno. Una realidad.
En su discurso ante el Comité de las Fuerzas Armadas de la Cámara de Representantes en abril de 2023, el almirante John Aquilino, comandante del Comando Indopacífico de EE. UU., no sorprendió que la República Popular China (RPC) fuera mencionada como el principal "desafío adversario clave" para la estabilidad de la región. Observó con alarma el aumento coordinado de las fuerzas armadas de la RPC, que incluyó la incorporación de 17 buques de guerra a su inventario operativo en 2022.
Si bien los planificadores militares deben formular líneas de acción basadas en tácticas modernas y tecnologías disponibles, también se debe prestar atención a comprender el contexto histórico de conflictos similares, las lecciones aprendidas relevantes y cómo aplicarlas a futuras confrontaciones para lograr el máximo éxito. La amenaza naval que China representa actualmente no es única ni carece de comparaciones adecuadas, ya que existen numerosos paralelismos históricos que deben analizarse para obtener un conocimiento más completo que permita prepararse para una posible guerra.
A pesar de la larga historia de China, nunca ha librado una batalla naval moderna a gran escala, por lo que dichas comparaciones históricas deben provenir, en consecuencia, de otros combatientes. Teniendo en cuenta que los objetivos potenciales de la Armada del Ejército Popular de Liberación (APL) serían (a) asegurar recursos, (b) proyectar poder y (c) defender la patria mediante una reacción rápida, se pueden establecer comparaciones pertinentes con (a) Chile durante la Guerra del Pacífico, (b) Japón en la Batalla de Tsushima durante la Guerra Ruso-Japonesa, y (c) Gran Bretaña en la Batalla de Jutlandia durante la Primera Guerra Mundial, respectivamente.
Encorazados en el Pacífico
A menudo confundida con la guerra del Pacífico entre Japón y Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, la Guerra del Pacífico fue un conflicto significativo cuyo impacto se sentiría en sus participantes durante años. Librada entre 1879 y 1884, la Guerra del Pacífico enfrentó a Chile contra la alianza de Bolivia y Perú. Si bien las tensiones entre estos tres rivales sudamericanos habían sido tensas durante años, el deterioro de la economía chilena llevó a sus líderes a mirar con envidia a sus vecinos del norte, quienes obtenían enormes ganancias de las exportaciones de salitre.
Las minas de nitrato, ubicadas en el interior del desierto de Atacama —una región remota incluso hoy en día, y de acceso casi imposible a finales del siglo XIX— eran tan rentables que Chile declaró la guerra a Bolivia y Perú para reclamar esta extensa pero rica región en recursos. (4) Al final de la guerra, Chile tendría la propiedad total de los enormes depósitos de nitrato y las extensiones de tierra asociadas, lo que también le quitó a Bolivia el acceso al océano Pacífico. En total, las pérdidas sufridas por Bolivia y Perú a causa de este conflicto se clasificaron como "catastróficas" y provocaron depresión económica, caos financiero y, en el caso de Perú, una guerra civil.(5)
Para derrotar a Bolivia y Perú y adquirir estos valiosos recursos, Chile llevó a cabo campañas navales y terrestres eficaces, aunque no siempre brillantes. De vital importancia fue el control del mar, que Chile debía obtener antes de iniciar operaciones terrestres a gran escala. Tanto Perú como Chile poseían armadas comparables con diversas plataformas; lo más significativo, cada uno contaba con dos modernos buques de guerra acorazados. Los acorazados peruanos Huáscar e Independencia lograron inicialmente cierto éxito contra sus homólogos chilenos. Sin embargo, los líderes chilenos comprendieron que, según el historiador I. C. Little, era de vital importancia destruir los acorazados peruanos y asegurar las extensas y, por lo tanto, vulnerables líneas de suministro y comunicaciones de Chile. (6)
Esta tarea se facilitó tras el encallamiento y la pérdida del Independencia, lo que permitió a la Armada chilena concentrar sus recursos en la eliminación del Huáscar. Con la Armada peruana gravemente debilitada, los barcos chilenos persiguieron y finalmente atraparon al Huáscar, capturándolo en la Batalla de Angamos a finales de 1879. (7) Esta victoria fue el punto de inflexión que permitió a Chile comenzar sus campañas terrestres con seriedad. La destrucción de la Armada peruana otorgó a Chile el control del mar e impidió que Perú contrarrestara eficazmente el despliegue de las masivas unidades de infantería que lograron la victoria total de Chile contra la alianza peruano-boliviana.
El deseo de Chile de obtener importantes recursos no solo para impulsar su crecimiento económico, sino también para fortalecer su poder político internacional a finales del siglo XIX es similar a los actuales esfuerzos expansionistas de China en el Mar de China Meridional. La acumulación de islas artificiales militarizadas en zonas en disputa, como las Spratly, indica el deseo de China de extender su influencia en esta vía fluvial de gran valor económico, por la que se transportan anualmente mercancías por un valor estimado de 5 billones de dólares. (8)
La lección más importante que se puede extraer de la Guerra del Pacífico y aplicarla a los objetivos contemporáneos de la República Popular China proviene de la falta de preparación de Bolivia. Bolivia era un país pobre con un gobierno central débil, incapaz de controlar y proteger sus litorales, donde se ubicaban las minas de salitre que Chile deseaba. En consecuencia, Bolivia nunca intentó fortificar su principal puerto marítimo, Antofagasta, ni construir barcos para protegerlo, lo que permitió a Chile capturarlo fácilmente en las primeras etapas de la guerra.9 No reconocer tal peligro potencial perjudicó la capacidad de Bolivia para defenderse de las ofensivas chilenas y provocó reveses generacionales en el crecimiento y la prosperidad del país.
Los líderes estadounidenses deben aprender de los errores de Bolivia, reconocer las posibles amenazas a los valiosos recursos y al poder regional, y planificar en consecuencia o correr el riesgo de ser sorprendidos desprevenidos y obligados a luchar desde una posición indeseable.
La guerra ruso-japonesa también contiene una valiosa lección para los estrategas militares estadounidenses modernos. Luchada entre 1904 y 1905, esta guerra es un ejemplo perfecto de una mentalidad engañosa que debe evitarse antes del conflicto: el exceso de confianza.
Rusia, bajo el liderazgo autocrático del zar Nicolás II, se consideraba a la par de otras potencias mundiales y muy superior a Japón, que apenas había comenzado su camino para salir del aislamiento y avanzar hacia la modernidad en la década de 1850. Sin embargo, Japón había trabajado incansablemente para construir una armada letal mediante la compra de numerosos buques de construcción extranjera y el envío de oficiales a entrenarse en el extranjero con armadas más consolidadas, como las de Gran Bretaña y Francia.
La superioridad de los buques japoneses, que acababan de finalizar largos periodos en dique seco, junto con la munición de alta calidad y las tripulaciones bien entrenadas, fue enormemente subestimada por los líderes rusos. Dieron por sentado que su flota, mayor que la de Japón, saldría victoriosa en cualquier conflicto con Japón, a pesar de que su número estaba inflado con buques viejos y mal mantenidos, y tripulaciones mal entrenadas. (10)
Cuando Japón declaró la guerra a Rusia en 1904, lo hizo con el objetivo de reclamar territorio en Asia continental, principalmente Corea, para proyectar el poder japonés y consolidarse como un líder regional floreciente. Los líderes japoneses comprendieron que una guerra prolongada con Rusia no era deseable y tomaron en serio uno de los principios de Alfred Thayer Mahan, como señaló el historiador Kevin McCranie: «Derrotar a la flota enemiga... fue el primer paso crucial de Mahan en la guerra naval».(11)
Aunque la batalla decisiva se le escapó a Japón en 1904, el almirante Heihachirō Tōgō la lograría durante la batalla de Tsushima el 27 de mayo de 1905. La Segunda Escuadra Rusa del Pacífico, compuesta por casi 40 buques al mando del almirante Zinovy Rozhestevnsky, había navegado más de 29.000 kilómetros desde el mar Báltico solo para entrar en el teatro de operaciones y prepararse para las operaciones de combate. (12) Tripulada por marineros exhaustos y mal entrenados en buques que habían recibido un mantenimiento inadecuado durante la travesía, la flota rusa fue atacada por las fuerzas del almirante Tōgō y, en una de las victorias más completas de la historia naval, fue destruida casi por completo.
La flota japonesa, al mando del almirante Tōgō, maniobró hasta alcanzar la posición de ataque óptima y atacó implacablemente a los buques rusos, hundiéndolos y dispersando a los que sobrevivieron, solo para capturarlos o hundirlos en acciones posteriores. La victoria japonesa fue tan contundente que solo tres barcos rusos sobrevivieron a la batalla y lograron regresar al puerto ruso de Vladivostok.
Tras esta decisiva batalla naval, Rusia continuó combatiendo en tierra durante un tiempo antes de aceptar las negociaciones de paz, pero el control marítimo de Japón permaneció indiscutible, y su victoria en el estrecho de Tsushima se convertiría en legendaria.(13)
Al evaluar la situación actual con China y la evolución de sus capacidades militares, los estrategas militares estadounidenses deberían evitar la trampa del exceso de confianza que aquejó a los líderes rusos antes del estallido de la guerra ruso-japonesa. China ha intentado repetidamente proyectar su poder más allá de la Primera Cadena de Islas, hacia el océano Pacífico, donde puede explotar sus crecientes recursos navales en alta mar junto con su creciente fuerza de misiles. Esto se ha demostrado repetidamente en los últimos años, con la participación de China en múltiples operaciones de grupos de ataque de portaaviones más allá de la Primera Cadena de Islas, así como en ejercicios aéreos y de misiles centrados en Taiwán.(14)
Si bien la superioridad estadounidense en capacidades submarinas y portaaviones sigue siendo evidente, permitir que esas ventajas fomenten la desestimación de los avances chinos sería similar a la actitud rusa hacia los avances navales japoneses antes de la guerra ruso-japonesa. Los líderes rusos despreciaban a la Armada Imperial Japonesa y asumían que un conflicto entre ambas culminaría en una rápida victoria rusa a pesar de los propios problemas sistémicos de su flota: una flota mal mantenida y con fondos insuficientes, que rara vez recibía mejoras modernas en blindaje y sistemas de armas, y que era deficiente en la práctica de maniobras y ejercicios de tiro para aumentar la competencia de la tripulación. (15) La Armada Imperial Japonesa aprovechó el exceso de confianza ruso para destruir al enemigo y ascender a una posición de liderazgo regional, un ejemplo que puede servir de conmovedor recordatorio a los líderes estadounidenses: los deseos de la República Popular China de proyectar autoridad y ampliar sus pretensiones como potencia regional deben tomarse en serio.
La hora señalada para los Dreadnoughts
La comparación definitiva entre los acontecimientos históricos y los objetivos actuales de la República Popular China es la Batalla de Jutlandia en la Primera Guerra Mundial. Si bien este conflicto es recordado principalmente por sus brutales y prolongadas campañas terrestres en Europa Occidental y Oriental, fue en la Batalla de Jutlandia donde las armadas alemana y británica se enfrentaron en el mayor enfrentamiento naval de la guerra.
Durante años, Alemania, bajo el mando del Káiser Guillermo II, había invertido considerablemente en la construcción de una armada comparable a la británica. Al percibir una amenaza potencial en una armada alemana fuerte, Gran Bretaña contraatacó con su desarrollo naval. La consiguiente carrera armamentística llevó a ambas naciones a acumular grandes flotas, con enormes y destructivos cruceros de batalla a la vanguardia. (16)
A pesar del aumento de la armada alemana, la impresionante preparación de líderes británicos como el Primer Lord del Almirantazgo, Winston Churchill, garantizó que la Marina Real Británica contuviera eficazmente la Flota de Alta Mar Alemana en sus escasos puertos del Báltico poco después del estallido de la guerra. (17) Los esfuerzos británicos colocaron a Alemania en la poco envidiable posición de no tener acceso aparente a las aguas abiertas del Océano Atlántico, una vía crucial que Alemania necesitaba para interrumpir las rutas marítimas aliadas y restringir su vital suministro de suministros bélicos extranjeros. Fue en estas circunstancias que la Armada Imperial Alemana marchó desde el puerto hacia el Mar del Norte para destruir la Gran Flota Británica y romper el bloqueo. Un conflicto decisivo era lo que el almirante alemán Reinhard Scheer buscaba cuando sus barcos se enfrentaron a la flota de los almirantes británicos John Jellicoe y David Beatty el 31 de mayo de 1916. A lo largo del día, las dos armadas se atacaron mutuamente y, finalmente, gracias a los esfuerzos británicos de descifrado de códigos (que proporcionaron información sobre los inminentes movimientos alemanes), la Gran Flota logró superar en maniobras a la Flota de Alta Mar alemana y, finalmente, obligar a sus barcos a regresar a sus puertos de origen.
Ambos bandos se alzarían con la victoria: Alemania hundió 14 buques de la Marina Real Británica e infligió casi 7000 bajas, mientras que Gran Bretaña presumía de haber hundido también varios buques enemigos, incluido el buque insignia alemán, el crucero de batalla Lützow. Pero lo más importante es que los británicos habían mantenido el crucial bloqueo de la flota alemana. (18) La guerra continuaría dos años más, y la Flota de Alta Mar alemana, aunque nunca volvería a navegar ofensivamente, seguía siendo una flota en activo con la capacidad de atacar y causar gran angustia a los líderes británicos. Al igual que la Armada Imperial Alemana antes de la Batalla de Jutlandia, la PLAN se considera concentrada tras la Primera Cadena de Islas, lo que representa un impedimento físico para el acceso al mar abierto. Esto se ve agravado por los esfuerzos de Estados Unidos por mantener una presencia en el Mar de China Meridional, como lo demuestra la defensa del almirante retirado de la Armada estadounidense James Stavridis por una red de al menos cuatro bases en esta región. (19) Los chinos creen que dichas bases, además de la presencia estadounidense y aliada, constituyen una barrera adicional a las limitaciones geográficas existentes.
3. Aquilino, address to HASC, 41.
4. William Sater, Andean Tragedy: Fighting the War of the Pacific, 1879–1884 (Lincoln, NE: University of Nebraska Press, 2007), 37–38.
5. Richard Sicotte, Catalina Vizcarra, and Kirsten Wandschneider, “The Fiscal Impact of the War of the Pacific,” Cliometrica, June 2008, 98.
6. I. C. Little, “The Naval Campaign in the War of the Pacific 1879–1884,” South African Journal of Military Studies 24 (June 2008): 5.
7. Little, “The Naval Campaign in the War of the Pacific,” 6–7.
8. “China Has Fully Militarized Three Islands in South China Sea, US Admiral Says,” The Guardian, 22 March 2022.
9. Little, “The Naval Campaign in the War of the Pacific 1879,” 1.
10. Mark Lardas, Tsushima 1905: Death of a Russian Fleet (Oxford, UK: Osprey Publishing, 2018), 71–72.
11. Kevin D. McCranie, Mahan, Corbett, and the Foundations of Naval Strategic Thought (Annapolis, MD: Naval Institute Press, 2021), 215.
12. Ronan Thomas, “Echoes of Tsushima” The Historian, 1 December 2005.
13. Lardas, Tsushima 1905, 37.
14. CAPT James E. Fanell (Ret.), “Growing and Going to Sea,” U.S. Naval Institute Proceedings 149, no. 5 (May 2023): 54.
15. Constantine Pleshakov, The Tsar’s Last Armada: The Epic Voyage to the Battle of Tsushima (New York: Basic Books, 2002), 28–29.
16. “The Naval Race Between Britain and Germany Before the First World War,” Imperial War Museums.
17. Daniel Butler, Distant Victory: The Battle of Jutland and the Allied Triumph in the First World War (Westport, CT: Praeger Security International, 2006), 16–17.
18. Hew Strachan, The First World War (New York: Penguin Books, 2013), 210–14.
19. ADM James Stavridis, USN (Ret.), Sea Power: The History and Geopolitics of the World’s Oceans (New York: Random House, 2017), 272.
20. Butler, Distant Victory, 205.
21. “China Naval Modernization: Implications for U.S. Navy Capabilities—Background and Issues,” U.S. Congressional Research Service, December 2022, 6.
22. Gordon Wood, The Purpose of the Past: Reflections on the Uses of History (New York: Penguin, 2008), 71.
23. Alfred Thayer Mahan, Armaments and Arbitration: The Place of Force in the International Relations of States (New York: Harper & Brothers, 1912), 206.

El 3 de julio de 1880 sucedió un hecho poco conocido, una acción que demostró la creatividad e inventiva del peruano. El hundimiento del transporte artillado Loa, buque que formaba parte de la escuadra chilena, resultó ser la prueba que demuestra que ante una crisis, si estamos juntos, no nos detiene nadie.
Acompáñennos a conocer cómo sucedió esta arriesgada pero tremenda proeza.
El buque chileno Loa se encontraba bloqueando el puerto del Callao. El enemigo de ese entonces, gracias a su buen servicio de espionaje, sabía que los peruanos preparaban una sorpresa para ellos. Un torpedo estaba fabricado y listo para hundir una de sus naves.
Pero, ¿cuál era la información que manejaban los chilenos? Ellos sabían que el artefacto consistía en una lancha de vela, cargada con comestibles y que si se extraía el último suministro, un resorte accionaría el torpedo.
El mensaje fue esparcido a todos los comandantes de las naves enemigas, sin embargo, un día como hoy, el Loa divisó un bote a vela desplegada, transportando víveres y parecía que había sido abandonado por su tripulación…
Que sea el periodista de la época, Manuel Horta, corresponsal del diario “El Nacional”, quien nos lo cuente mejor:
El Loa, que estaba en guardia cruzando la bahía, se dirigió en demanda de una lancha que estaba enfilada a las Hormigas de Tierra.
Al encontrarse cerca, echó dos botes que avanzaron hacia dicha lancha tomándola a remolque hasta traerla al costado del transporte.
Como 10 minutos después se sintió una estruendosa detonación que hizo estremecer todos los buques surtos en la bahía i los nuestros que están en la dársena.
La explosión había partido del Loa, que se hallaba frente al último buque neutral que se encontraba a barlovento de ese fondeadero.
Una inmensa llamarada pareció salir del mar, cubriendo al buque enemigo. En seguida se sintió una nueva explosión, menos fuerte que la primera y el Loa quedó envuelto en densas nubes de humo negro.
Cuando estas se disiparon por efecto del viento, volvió a aparecer el buque enemigo, como si se hubiese levantado un telón. Estaba inmóvil y parecía no haber sufrido nada.
De repente se estremeció y se notó que la proa se levantaba mientras la popa se hundía rápidamente.
En menos de ocho minutos se fue a fondo como si fuera una ancla…
Hablemos con claridad. Así como la FACh quedó prácticamente fuera de combate debido a una combinación de inoperancia y una cadena de infortunios que desafían cualquier noción de competencia estratégica, la fuerza de submarinos chilena no corrió mejor suerte. Durante la crisis del Beagle, cualquier referencia al "poder aéreo" o "poder submarino" de Chile roza más la fantasía épica que el análisis militar serio; evocaría con mayor precisión un relato de Tolkien que un estudio sobre las campañas de Eisenhower. Para un analista de defensa, resulta exasperante que un militar profesional sugiera evaluar con seriedad la viabilidad de enfrentar una ametralladora con un palo de escoba. Con ese mismo rigor, examinemos qué reales capacidades de combate tenía el único submarino chileno operativo en aquel crítico momento. Este artículo está basado en el aporte de El Snorkel.
El capitán de navío (R) Rubén Scheihing tuvo en 1978 la misión más difícil de su carrera: impedir por las armas la invasión argentina. Fácil, ¿no? Excepto que tenía que hacerlo a bordo del Simpson, un submarino de la Segunda Guerra Mundial que, con suerte, servía para museo flotante. Y encima, solo. Sí, Chile apostó todo a un viejo tubo de hierro en el que 81 marinos esperaban ansiosos el inicio de una guerra en la que tenían, como ventaja principal... el espíritu patriótico.
Por si la situación no era ya lo suficientemente desesperada, la orden del almirante Merino era clara: hundir cualquier embarcación argentina que intentara desembarcar en las islas del Beagle. ¿Y qué tenía el Simpson para cumplir semejante encargo? Bueno, además de toneladas de óxido y una tripulación con más moral que equipo, contaba con torpedos MK 14 y MK 27, reliquias casi tan vetustas como el propio submarino. "No había otra cosa. Si había que tirarles piedras, se les tiraban", explica. Claro, los argentinos tenían torpedos eléctricos MK 37, más modernos y precisos, pero ¿quién necesita tecnología cuando se tiene entusiasmo?
Simplemente para meditar: Argentina poseía más de 10 aviones P-2 Neptune y media docena de S-2 Tracker, todos ellos con equipos electrónicos actualizados para enfrentar una flota submarina de la Guerra Fría, siendo los submarinos de la Segunda Guerra Mundial blancos para los cuales estaban altamente preparados para detectar y anular como el Simpson chileno. ¿Y si encima el submarino estaba sin snorkel? Un palo de escoba contra una ametralladora.
A principios de 1978, la Armada chilena tenía cuatro submarinos, pero solo tres en condiciones de navegar. Y a finales del año, la cifra se redujo a uno: el Simpson. Mientras tanto, Argentina tenía cuatro submarinos operativos, incluyendo dos flamantes modelos alemanes. Pero tranquilos, que la Marina chilena tenía un arma secreta: discursos motivacionales. ¡Llame ya!
Capitán de navío (R) Rubén Scheihing
Porque si algo le faltaba a la desafortunada tripulación del Simpson era que, además de estar en un submarino obsoleto y solos contra la flota argentina, su nave tampoco tenía snorkel. Es decir, cada cierto tiempo tenían que salir a la superficie durante ocho horas para recargar baterías. O lo que es lo mismo: hacerle señas al enemigo diciendo "Aquí estamos, húndannos por favor".
Pero nada de eso detuvo a Scheihing. Cuando recibió la orden de Merino, tomó el micrófono y le soltó a su tripulación un discurso digno de película de serie B:
"¡Esto significa que estamos viviendo, a partir de este instante, una situación de guerra con Argentina! Como todos sabemos, es posible que nos hundan, pero me comprometo con ustedes a que, antes de que eso suceda, a lo menos, nos llevaremos a dos de ellos!"
Silencio sepulcral. Y luego, un rugido de patriotismo enlatado:
"¡Viva Chile, m...!"
Qué importa que tuvieran menos posibilidades de sobrevivir que una balsa en un tifón. Lo importante es el entusiasmo.
Según el experto argentino Ricardo Burzaco, el Simpson fue detectado dos veces por submarinos enemigos. Primero por el Santiago del Estero, cuando el submarino chileno estaba en la superficie recargando baterías (porque no tenía snorkel, por supuesto). Luego por el Salta, justo antes de la famosa "hora H". La situación se puso tan tensa que el capitán argentino incluso ordenó preparar torpedos.
Pero, al final, no pasó nada. Ni ataque, ni torpedos, ni gloria. Todo quedó en rumores. Scheihing, tajante, lo niega:
"No hubo lanzamiento. Nunca disparamos nada. Estábamos listos, pero le garantizo que no (disparamos)".
Porque claro, una cosa era el discurso patriótico y otra muy distinta era entrar en combate con tecnología sacada de un museo de guerra. Recordemos que un espíritu de combate superior hizo que los banzai japoneses derrotaron a la fuerzas norteamericanas en el Pacífico... ¿o no fue así?
Hacia el final de la patrulla, la tripulación estaba al borde del colapso: sin comida fresca, respirando aire viciado y sin poder bañarse más que con una esponja húmeda cada tres días. Pero bueno, no hay nada que el sacrificio y el amor por la patria no puedan compensar, ¿verdad?
Al final, no fue ni la destreza chilena ni la voluntad divina lo que salvó la situación, sino una tormenta con olas de 15 metros y la mediación del Papa Juan Pablo II. Gracias a eso, el Simpson pudo volver a su base, sin hundir ni ser hundido. Y así terminó la gran odisea del submarino que casi entra en combate, pero no tenía snorkel.
Hay eventos que cambian el curso de la historia. En este caso, no fue la estrategia militar, ni la valentía de los marinos, ni siquiera la superioridad técnica (porque, seamos honestos, de eso Chile no tenía mucho en 1978). No. Lo que realmente salvó a la Armada chilena de un desastre fue... el clima. Sí, un temporal de proporciones bíblicas que convirtió la Operación Soberanía en un caos meteorológico imposible de ejecutar.
"Nunca había visto un tiempo tan malo, estaba pésimo. Estaba tan malo que no había posibilidad de operaciones aéreas ni anfibias."
Así lo recuerda el vicealmirante (r) Hernán Rivera, quien admite sin rodeos que si el tiempo hubiera estado más tranquilo y los argentinos hubieran seguido adelante con su plan, no habría habido forma de detenerlos. Un detalle menor, ¿no?
Si el Simpson lograba abrir fuego contra una eventual invasión argentina (lo cual ya vimos que era bastante dudoso, considerando sus capacidades), el siguiente en entrar en acción sería el crucero Prat, el buque insignia de la Escuadra chilena. Su misión: disparar artillería contra la flota de desembarco enemiga y, en el proceso, convertirse en el objetivo prioritario de la aviación, la artillería y los submarinos argentinos. Un verdadero sacrificio heroico... o suicida, Yamatista, según se mire.
Pero tranquilidad, que la tripulación del Prat no tenía miedo. Según Rivera, la moral estaba intacta:
"En la gente nuestra no había ninguna duda. El espíritu era ir cuanto antes a la guerra y definir esta cuestión."
Ah, el clásico optimismo chileno. Porque una cosa es estar listos para pelear y otra muy distinta es tener posibilidades reales de ganar. Y ahí es donde las cosas se complicaban.
La gran ventaja de la Armada Argentina era evidente: el portaaviones 25 de Mayo, que le daba supremacía aérea total y convertía a los buques chilenos en blancos flotantes. Más aún, nos enteramos en los 2000s que el portaaviones argentino albergaba apenas 4 cazabombarderos menos que toda la FACh en todo su inventario operativo. Mientras tanto, la Escuadra chilena tenía... refugios naturales en los canales del sur. Sí, porque cuando no tienes un portaaviones, lo mejor que puedes hacer es esconderte.
"Ellos sabían que estábamos en el sur, pero no sabían dónde (...) Los fondeaderos de guerra son lugares absolutamente camuflados donde es imposible ver los buques, ni siquiera sobrevolando."
Básicamente, la estrategia chilena consistía en jugar al escondite hasta que la situación mejorara. Y, para su fortuna, así fue. Igualmente, es la esperanza chilena que los medios aéreos argentinos nunca los descubrieron pese que poseían más de 20 aviones ASW/MPA con capacidad de detectar un snorkel en superficie a decenas de millas. Que no lo publiquen, no quiere decir que no se sepa que las islas del Cabo de Hornos eran ese refugio indetectable.
Además, había otro problemita: el embargo de Estados Unidos había dejado a la flota chilena con una escasez preocupante de pertrechos. Pero bueno, nada que un buen discurso patriótico no pudiera compensar.
De todas formas, Rivera reconoce que la situación no era ideal:
"El Prat habría sufrido daños importantes como consecuencia del ataque de los aviones del 25 de Mayo."
Por eso, la estrategia era usar primero los buques misileros, que serían los encargados de decidir el combate de superficie. En otras palabras, mandar primero a los barcos pequeños y esperar que algo bueno pasara.
El 20 de diciembre de 1978 fue el momento más crítico. La Escuadra chilena recibió la orden de salir al encuentro de la flota argentina. El comandante en jefe, vicealmirante Raúl López Silva, reunió a los capitanes y les soltó la arenga final:
"Señores, vamos a definir esta situación de una vez por todas. Se acabaron los ejercicios. La próxima vez que toque un zafarrancho de combate significa que estamos enfrentados a los argentinos."
Todo estaba listo. La tensión era máxima. Y entonces...
¡Sonó el zafarrancho de combate!
Los marinos corrieron a sus puestos con una rapidez jamás vista. El enfrentamiento estaba por comenzar.
Solo que no.
Porque el supuesto contacto enemigo resultó ser... una sonda estadounidense recolectando datos atmosféricos.
Sí, después de tanto drama y preparación, el primer "enemigo" detectado fue un aparato meteorológico.
Al final, las dos flotas estuvieron a menos de 10 horas de atacarse con misiles. Pero una vez más, el destino intervino. La mediación papal y un temporal con olas de 15 metros retrasaron la ofensiva argentina, evitando la guerra.
Rivera, por supuesto, no duda en darle crédito a la Divina Providencia:
"De no haber mediado las condiciones de tiempo, y si los argentinos hubiesen cumplido el plan Soberanía, esto no se habría podido parar."
Así que, en resumen: la Armada chilena, con su flota envejecida, sus pertrechos escasos y su estrategia de esconderse en los canales, estaba a punto de enfrentarse a una fuerza superior. Y justo cuando todo parecía perdido, la guerra fue evitada por una tormenta y la intervención del Papa.
A veces, el mejor plan de batalla es que el clima juegue a tu favor. ¡Qué nivel de impotencia!
War History
El acorazado peruano Huascar se enfrenta a dos buques chilenos, el Blanco Encalada y el Cochrane, durante la batalla de Angamos el 8 de octubre de 1879. Huascar (Monitor peruano, 1865)
Ariete de acorazado peruano. Diseñado por el capitán inglés Cowper Coles, el Huascar fue construido por Lairds en Birkenhead. Botado en octubre de 1865, desplazaba 2.030 toneladas y medía 219′ × 36′ × 18′. Su motor de expansión simple de 1.650 caballos de fuerza, cuatro calderas y una sola hélice lo impulsaban a una velocidad máxima de 12,3 nudos. Armado con 2 rifles de avancarga Armstrong de 10 pulgadas en una torreta giratoria, también montaba 2 cañones de 40 libras. Su tripulación era de 170 hombres. El Huascar tenía un blindaje de 4,5″ en el cinturón y de 5,5″ en la torreta. Llevaba un aparejo de vela, lo que ampliaba enormemente su alcance.
El Huascar compiló un historial de combate único en la costa oeste de Sudamérica en la guerra de Perú con España, en un golpe de estado posterior y en la Guerra del Pacífico de 1879 entre Perú y Bolivia contra Chile. Desempeñó un papel destacado en la victoria del 21 de mayo de 1879 en Iquique, pero fue capturado en la Batalla de Angamos del 8 de octubre. Reacondicionado por sus captores chilenos, finalmente se convirtió en un barco museo en Talcahuano, Chile, donde se lo puede ver hoy.

Warrior (Armada británica, fragata acorazada, 1861)
El primer buque de guerra oceánico con casco de hierro del mundo. Concebido como una fragata acorazada y no como un acorazado, el Warrior tenía un diseño que enfatizaba la velocidad (14,5 nudos a vapor y más de 17 nudos a vapor y vela) y la potencia de fuego de largo alcance. Su blindaje de 4,5 pulgadas estaba restringido a una batería de caja que cubría los dos tercios centrales del barco, dejando la proa y la popa expuestas.
Aunque el Warrior se construyó en respuesta al acorazado francés con casco de madera Gloire, que era un buque de asalto portuario de navegación marítima, el diseño del Warrior se desarrolló a partir de las enormes fragatas de madera de la clase Mersey. El Mersey se había construido en respuesta al tipo Merrimack de los Estados Unidos. Las líneas del casco y el estilo del Warrior simplemente se ampliaron a partir del barco de madera. Los británicos, al reconocer la imposibilidad de construir buques de guerra de madera más largos o de soportar el peso de la placa de blindaje en un casco diseñado para alta velocidad, adoptaron el casco de hierro. Fueron líderes mundiales en este diseño y crearon un buque que marcó una época. Con un desplazamiento de más de 9000 toneladas, el Warrior fue el buque más grande a flote después del Great Eastern de Brunel. Su armamento de 40 cañones de ánima lisa de 8 pulgadas y cañones estriados de 7 pulgadas combinaba precisión de largo alcance con la primera capacidad efectiva de perforación de blindaje a flote. En 1867 fue rearmado con rifles de avancarga de 8 y 7 pulgadas mucho más potentes.
El Warrior, que comenzó a construirse en 1859, entró en servicio en 1861. Con su gemelo, el Black Prince, y otros del mismo tipo, derrotó a los franceses en una carrera armamentista naval. Esta fue una victoria crítica, ya que si Francia pudiera construir una armada tan poderosa como la británica, podría influir en la política británica en Europa.
El Warrior sirvió en la flota activa hasta el final del Segundo Imperio Francés en 1870, cuando pasó a la reserva. Esta degradación reflejó la reducción de la amenaza y su desempeño insatisfactorio como unidad de flota. Después de 1863, los británicos construyeron verdaderos acorazados, que no se desempeñaron bien tácticamente con las fragatas de casco largo del tipo Warrior. Los cascos largos y afilados de estos últimos los convirtieron en una unidad de escuadrón pobre, ya que tardaban mucho en responder al timón. Después de tres décadas de creciente obsolescencia, el Warrior fue desguazado en 1902; luego sirvió como taller de ingeniería en el puerto de Portsmouth. En 1923 se trasladó a Milford Haven en Gales, donde sirvió como embarcadero en una terminal petrolera hasta la década de 1970, cuando fue trasladado a Hartlepool para ser restaurado a su antigua gloria. En 1986 regresó a Portsmouth para tomar un amarre en el puerto, donde sigue siendo el barco histórico más grande del complejo del astillero. El Warrior sobrevivió para ser restaurado porque estaba construido de hierro forjado, que es mucho más duradero que el acero, según un diseño que fue seriamente sobreingeniería. Su casco era extraordinariamente fuerte y nunca ha tenido fugas. Esto es un testimonio de la calidad del trabajo y los materiales utilizados en el barco, mientras que su estado actual refleja el compromiso de grandes fondos y la habilidad de los restauradores.
La célebre Batalla de Hampton Roads inició una nueva era en la guerra naval, en la que el blindaje se vio desafiado por los cañones y los proyectiles, y que persistió hasta que el desarrollo de aviones y submarinos alteró aún más el combate en el mar.
El CSS Virginia y el USS Monitor no fueron de ninguna manera los primeros buques de guerra acorazados. Los primeros buques de este tipo, construidos por la Armada francesa y utilizados en la Guerra de Crimea, eran baterías flotantes: barcazas con cañones cuyos costados estaban cubiertos con placas de hierro. Fue un paso simple agregar las placas a un buque de guerra de vapor, y los franceses construyeron el primer acorazado de este tipo, el acorazado de costado Gloire, uno de una clase de tres barcos.
Cuando el Gloire entró en servicio en 1860, la Marina Real Británica era la flota más grande del mundo. Sabía lo que estaban construyendo los franceses y ya estaba trabajando en su propia versión. Mientras que el barco francés era un barco con casco de madera y placas de blindaje dispuestas en un cinturón a lo largo de sus costados, como las baterías flotantes, la clase británica, los Warriors, tenían casco de hierro con un cinturón de blindaje similar, aunque más corto.
El uso de blindaje en los buques de guerra coincidió con una serie de otros cambios importantes en la guerra naval, cada cambio teniendo alguna influencia en los demás. El desarrollo de los cañones navales, utilizados por primera vez en la batalla de Sinope en 1853, parecía amenazar a los barcos de madera. El blindaje era la contrapartida, pero los largos cinturones necesarios para cubrir la longitud del costado de un barco eran caros. Era más eficiente colocar los cañones en una torreta que pudiera girar para cubrir ambos costados del barco, lo que reducía el número de cañones necesarios y permitía que la protección del blindaje los cubriera por completo. El primer buque de guerra en tener una torreta, el USS Monitor, también participó en la primera batalla entre buques de guerra acorazados, la batalla de Hampton Roads en marzo de 1862.
El efecto acumulativo de todos estos cambios fue, en última instancia, revolucionar el diseño de los barcos. En un extremo de esta revolución se encontraba la Batalla de Sinope, librada entre barcos que se parecían claramente a la flota de batalla liderada por Lord Nelson en Trafalgar; en el otro extremo se encontraba el HMS Colossus, que entró en servicio en 1886 y era un barco con torreta casi completamente sin mástiles.
Aunque la Guerra Civil estadounidense fue el primer conflicto en el que se presentó una batalla entre acorazados, la falta de una industria siderúrgica significativa en los estados rebeldes, y de una armada sustancial antes de la guerra, significó que la mayoría de las batallas en las que se enfrentaron acorazados no involucraron más de uno o dos rebeldes. Las principales batallas navales implicaron todas una flota que atacaba un puerto defendido, como las batallas de Nueva Orleans (1862), la bahía de Mobile y Charleston (ambas en 1864). La primera batalla entre flotas de acorazados ocurrió en aguas europeas, durante la Guerra de las Siete Semanas en 1866, en la que participaron Austria, Prusia e Italia. Los italianos tenían 12 acorazados, los austrohúngaros siete. Como los disparos de artillería parecían carecer de la penetración suficiente contra los buques blindados como para hundirlos, el éxito se produjo embistiendo a los barcos enemigos. Los austrohúngaros hundieron dos de los acorazados italianos, sin sufrir pérdidas, aunque los barcos de ambos bandos resultaron gravemente dañados por los disparos. Las tácticas de embestida de los austrohúngaros influyeron en la guerra naval durante décadas después.
Hubo pocas batallas con acorazados en los años siguientes, aunque las que ocurrieron fueron estudiadas cuidadosamente. Un enfrentamiento, la Batalla del Callao, entre Perú y España, se parecía a los de la Bahía de Mobile o Charleston en la Guerra Civil estadounidense, con una flota de barcos oceánicos atacando un puerto defendido. Ambos bandos tenían acorazados, pero estos no se enfrentaron en gran medida. En 1877, una batalla entre dos buques de guerra británicos de madera y la tripulación amotinada del acorazado peruano Huascar terminó en empate. La eficacia del blindaje de hierro era evidente. Se dispararon más de 400 tiros contra el Huascar, 50 de ellos le alcanzaron, pero solo uno penetró el blindaje. Perú participó en las siguientes acciones importantes que involucraron acorazados, en la Guerra del Pacífico (1879-84). El Huascar se enfrentó a sus oponentes chilenos en dos batallas, la Batalla naval de Iquique y la Batalla de Angamos. Solo la segunda involucró acorazados de ambos bandos y terminó con la captura del Huascar, que estaba en clara desventaja numérica de seis barcos a uno.
La falta de mucho combate significó que se aplicaran diferentes teorías al diseño de los barcos, lo que hizo que la Era de los Acorazados fuera una de las más fascinantes de ver en términos de pura variedad visual. La disposición de los cañones fue un tema importante de debate. Algunos barcos estaban equipados con torretas, mientras que otros tenían una batería de andanada o algún tipo de área central conocida como barbeta o ciudadela, con la cubierta superior a menudo considerablemente más estrecha que la cubierta principal para permitir un grado de disparos hacia adelante. Los aparejos de vela no se mantuvieron por amor a la tradición, como a veces se da a entender. Para la mayoría de los barcos, la disponibilidad de carbón para alimentar sus calderas no estaba en absoluto asegurada si estaban lejos de sus puertos de origen, por lo que las velas proporcionaban una potencia motriz adicional que de otro modo podría haber faltado.
Cuando fue capturado el Huascar, la revolución en los asuntos navales había avanzado más. Las ventajas de los cascos de hierro sobre los que no eran de hierro estaban bien establecidas; la principal desventaja residía en el gran peso del hierro, que mantenía bajas las velocidades de los barcos. Sin embargo, el acero proporcionaba una alternativa más ligera al hierro, con la mayoría de las mismas ventajas, y los constructores navales comenzaron a adoptar cascos de acero para sus diseños.
El primer gran barco con casco de acero fue el acorazado francés Redoutable, que se completó en 1878. La primera acción naval que involucró a un buque de guerra de acero se libró durante una guerra civil en Brasil en abril de 1894, cuando un torpedo hundió al acorazado Aquidaban durante una acción nocturna. Más tarde, ese mismo año, se produjo la primera batalla entre buques de guerra de acero, durante la guerra chino-japonesa de 1894-95, cuando dos pequeños escuadrones lucharon frente a la isla de Phung-Do en el mar Amarillo en julio de 1894. Los japoneses hundieron un buque y dañaron el otro. El resultado nunca estuvo en duda, ya que los barcos japoneses eran más modernos. En septiembre se produjo un enfrentamiento de mayor envergadura en Yalu, cuando los japoneses derrotaron a una flota china que contenía dos acorazados, aunque con grandes pérdidas para ellos mismos.
Durante la guerra civil estadounidense de 1861-1865, las minas ancladas bajo el agua o montadas en el extremo de los mástiles de los barcos y detonadas por contacto (o electricidad) se conocían como torpedos, en honor a un pez gato que emitía descargas eléctricas con ese nombre. Sin embargo, en las décadas de 1870 y 1880, John Ericsson experimentó con un torpedo propulsado por vapor conectado al buque nodriza mediante una manguera. Este artefacto explosivo submarino, propulsado por aire comprimido y con carga de dinamita, alcanzaba una velocidad de 61 nudos, pero tenía un alcance de sólo 100 yardas. Ericsson también trabajó en un torpedo propulsado por electricidad, al igual que el estadounidense Robert Lay. Ambos tipos se controlaban mediante un cable eléctrico que se extendía desde el barco.
El torpedo más exitosos de propulsión por volante fue el torpedo menos complejo desarrollado en 1870 por John Adams Howell de la Marina de los Estados Unidos. Durante el siguiente cuarto de siglo, su velocidad aumentó de 8 a 30 nudos y su alcance se duplicó a 800 yardas. En la década de 1890, Estados Unidos también probó torpedos propulsados por cohetes y por vapor. Todas estas armas autopropulsadas, totalmente desconectadas del buque de lanzamiento, se denominaron torpedos "automóviles", "locomotoras" o "peces".
Sin embargo, el torpedo más exitoso fue desarrollado en Fiume (entonces parte de Austria) en 1868 por el austríaco Giovanni Luppis y el inglés Robert Whitehead. Esa arma, impulsada por aire comprimido, alcanzaba una velocidad de seis nudos y transportaba 300 libras de dinamita a una distancia de 200 yardas. Un arma prácticamente idéntica fue producida poco después por la Compañía Schwartzkopff en Berlín. En 1870, Whitehead regresó a Inglaterra y vendió sus derechos de fabricación a la Marina Real. Sin embargo, en el momento de su muerte en 1905, los torpedos Whitehead también se fabricaban en Italia y Francia. Su velocidad había aumentado a 29 nudos y los torpedos transportaban 200 libras de explosivos a una distancia de 6.000 yardas. Transportados por pequeñas embarcaciones económicas conocidas como torpederos, eran vistos por muchas naciones, incluida Francia, como el arma para contrarrestar a las mayores potencias navales.
A principios de siglo, John P. Holland perfeccionó el submarino moderno, que relacionó con el diseño del torpedo Whitehead y que se convirtió en el buque que ahora se asocia más comúnmente con el torpedo. Para la Primera Guerra Mundial, la velocidad del torpedo aumentó a 40 nudos y el alcance a 10.000 yardas (a velocidad reducida).

Esteban McLaren para FDRA
"Our country will, I believe, sooner forgive an officer for attacking an enemy than for letting it alone."
("Creo que nuestro país perdonará antes a un oficial por atacar al enemigo que por dejarlo ir.")
Almirante Horatio Nelson

En diciembre de 1978, las tensiones entre Argentina y Chile por la soberanía de las islas Picton, Lennox y Nueva en el Canal de Beagle alcanzaron un punto crítico. La diplomacia había fallado, y ambos países se preparaban para una confrontación armada. La Flota de Mar (FLOMAR) argentina, con su poderosa combinación de portaaviones, cruceros, destructores y submarinos, se preparaba para enfrentar a la Armada de Chile (ACh), una fuerza bien equipada pero en desventaja numérica y tecnológica. Autores chilenos especulan que las fuerzas argentinas en términos de infantería levemente duplicaban en número a las chilenas, en términos de blindados la diferencia era 5:1, en términos de aviones era 3:1 y en términos navales era levemente superior en algunos aspectos (combatientes de superficie), en otros decisivamente inferior (submarinos operativos en la zona) y otros cualitativamente incomparable (portaaviones).

Armada de Chile (ACh)

Fragata Almirante Condell, pintada al estilo de la PGM para romper su contorno y dificultar los ataques aéreos de la FLOMAR
Flota de Mar (FLOMAR) de Argentina
Armada de Chile (ACh)
Cualitativo:
Cuantitativo:
Flota de Mar (FLOMAR) Argentina
Cualitativo:
Cuantitativo:

El conflicto no se disolvió, por el contrario, se agravó. La FLOMAR decidió lanzar un ataque a la Armada de Chile, que rápidamente zarpó desde Valparaíso hacia el sur, dirigiéndose al Canal de Beagle. La última posición detectada de la FLOMAR estaba a 120 millas (alguna fuente cita 193 millas) al suroeste del Cabo de Hornos, preparándose para apoyar la operación Soberanía, cuyo objetivo principal era el desembarco anfibio y captura de las islas Picton, Lennox y Nueva.
Armada de Chile (ACh) La ACh contaba con un crucero ligero, destructores y fragatas, todos capaces de defensa antiaérea y antisubmarina. Sin embargo, los problemas operativos del SS Simpson dejaban a la flota sin una cobertura submarina efectiva, una desventaja crucial en una guerra naval moderna.
Flota de Mar (FLOMAR) La FLOMAR, por su parte, tenía la ventaja del portaaviones ARA Veinticinco de Mayo, que proporcionaba superioridad aérea con sus A-4Q Skyhawk. Los destructores modernos y los múltiples submarinos operativos daban a la FLOMAR una capacidad robusta de defensa y ataque.
Para llegar al Canal de Beagle, la flota chilena avanzaría desde Valparaíso hacia el sur, pasando por Puerto Montt, el Canal Chacao, el Golfo de Penas, Bahía Inútil y el Estrecho de Magallanes, antes de dirigirse al Canal de Beagle. En caso de necesitar refugio, los fiordos chilenos como el Fiordo de Última Esperanza, el Fiordo Quintupeu, Fiordo de Aysén o el Fiordo Comau serían lugares estratégicos para esconderse y lanzar contraataques.
Fiordos Quintupeu y Comau

Fiordo o Seno de la Última Esperanza 
Aproximación final al Canal de Beagle (o Cabo de Hornos)


La FLOMAR emplearía sus S-2 Tracker y P-2 Neptune para misiones de reconocimiento (tal como se emplearían exitosamente cuatro años después en Malvinas) y los A-4Q Skyhawk para ataque, mientras que los submarinos argentinos emboscarían a los buques chilenos en puntos críticos del Estrecho de Magallanes y el paso de Drake. Los destructores y fragatas de la FLOMAR proporcionarían apoyo de fuego y defensa antiaérea para proteger operaciones anfibias y de asalto helitransportado.
Resulta clarificadora nuevamente caer en la lectura del libro "oficial" sobre el desplazamiento de la flota trasandina (libro Arancibia Clarivel y Bulnes Serrano, 2017). En ella se detalla cómo los oficiales chilenos se entrenaban en un simulador terrestre (no es broma) llamado Redifon, que en forma de cubículos interconectados simulaban buques y ensayaban maniobras en un sótano del Centro de Entrenamiento Táctico de la Academia de Guerra Naval de Valparaíso. Merino y López, ensayando con este simulador analógico, diversas combinaciones de ataque a la FLOMAR llegaron a la conclusión que se debía lograr el "dominio en el mar", buscando una batalla naval decisiva estilo Mahan. El resultado de estos ensayos determinó una formación de ataque donde "todos los misileros iban por delante y los artilleros atrás" (p. 86). No entiendo por qué se requirió del Redifon para algo de simple sentido común ¿O acaso mandar a los cañoneros primero (Prat, Latorre) y los misileros detrás (clase Almirante, Leander) tenía alguna lógica? En realidad sí tenía una lógica, como se postula abajo por propios marinos chilenos, que era la de crear un cebo para que esos buques recibieran los primeros impactos de Exocet bajo el supuesto que esos buques aguantarían los impactos "sin hundirse". Es decir, los cañoneros iban al sacrificio, sin embargo en el libro está mal expresado.
Por su parte, la FLOMAR "carecía" de este simulador simplemente porque las tripulaciones no simulaban sino que pasaban gran parte del año naval embarcados maniobrando con los buques reales, en situaciones tácticas reales, en tiempos reales y enfrentando problemas reales. Aproximadamente dos tercios del año las tripulaciones permanecían embarcadas, algo que cualquiera con parientes marinos en esa época lo puede corroborar. Gran parte de quiénes fueron marinos en este período de oro de la ARA conocieron a sus hijos con 8 o 9 meses de vida dado que su vida embarcada les impidió visitarlos antes. La distancia entre ambas flotas, más allá de la geográfica propiamente dicha, era sideral. Por eso es muy extraño leer en blogs y comentarios en sitios web que la diferencia "a favor" de la ACh era su nivel de entrenamiento. Era exactamente al revés y volveremos con ese tema.
En el marco de la crisis del Beagle de 1978, las tensiones entre Argentina y Chile alcanzaron un punto crítico, llevando a ambas naciones al borde de un conflicto armado. La operación Soberanía, planificada por Argentina, tenía como objetivo principal el desembarco anfibio y la captura de las islas Picton, Lennox y Nueva, ubicadas en el canal de Beagle. Esta operación debía realizarse bajo una sólida cobertura naval y aérea proporcionada por la Flota de Mar (FLOMAR) argentina.
Preparativos y composición de Fuerzas
A finales de diciembre de 1978, la FLOMAR estaba plenamente equipada y lista para la acción. Contaba con el portaaviones ARA Veinticinco de Mayo, un activo crucial que embarcaba A-4Q Skyhawks y S-2 Trackers, proporcionando tanto capacidad de intercepción aérea como de patrullaje marítimo. La flota incluía también varios destructores modernos, como el ARA Hércules, así como fragatas como el ARA Piedrabuena y el ARA Espora. Adicionalmente, Argentina disponía de una fuerza submarina significativa con los submarinos ARA Santiago del Estero, ARA Salta, ARA Santa Fe y ARA San Luis.
La Armada de Chile (ACh), aunque menos numerosa, mantenía una fuerza defensiva robusta. Su principal activo era el crucero ligero CL-02 Capitán Prat y el todavía amenazante Almirante Latorre, acompañado por fragatas y destructores equipados con misiles MM-38 Exocet. La flota chilena incluía también el submarino SS-21 Simpson, el único operativo en ese momento, ya que los otros submarinos de la clase Oberon estaban en mantenimiento mayor (uno de ellos, el SS-23 Hyatt (sospechado de haber sido alcanzado por erizos ASW lanzados por el ARA Rosales en un encuentro previo).
ARA Hércules (D-28) fue el único buque de defensa aérea operando en el TOA. Equipado con 4 Exocet y 22 Sea Dart de defensa aérea con uso secundario antibuque: en condiciones ideales, él solo podía haber llegado a dar cuenta de toda la Escuadra chilena.
Desarrollo de la Operación
La operación de desembarco planificada por Argentina se centraba en la Isla Nueva, donde se sabía que había unos 150 infantes de marina chilenos atrincherados. La estrategia argentina consistía en desembarcar en la costa norte de la isla con fuego de apoyo naval y aéreo desde Río Grande o Ushuaia. Para ello, se emplearía el transporte anfibio ARA Cabo San Antonio, escoltado por destructores y fragatas que proporcionarían apoyo de fuego y protección pero... primero habría que anular a la escuadra chilena.
Los chilenos esperaban una imagen de este tipo en las islas cuando lo más probable era que la ocupación de las mismas se haría por asalto vertical helitransportado.
La fase final de aproximación de la FLOMAR se estableció con la flota argentina avanzando desde su última posición detectada, a 120 millas al sur del Cabo de Hornos, hacia el este, aproximándose al canal de Beagle. Se habían organizado 3 grupos de tareas 42 (GT 42) al mando del contraalmirante Humberto Barbuzzi, correspondientes a
Mientras tanto, la ACh se movilizaba desde sus bases de guerra secretas, dirigiéndose hacia el canal para interceptar las fuerzas argentinas. Aquí podemos evaluar dos cursos de acción simultáneos: el primero, la flota principal se dirigía la Mar de Drake para enfrentar a la FLOMAR a mar abierto; segundo, las torpederas más pequeñas (Quidora, Fresia, Tegualda y Guacolda) enfrentarían a la fuerza de desembarco partiendo desde Puerto Williams.
La Escuadra que iba a enfrentar a la FLOMAR iba al mando del Contra-almirante López Silva en dos formaciones denominadas Acero y Hierro.
De acuerdo con el Redifon, esta era la conformación óptima.
En cualquier caso, barcos de desembarco se hallaban apostados en la BNU (base naval de Ushuaia) para que, una vez tomadas las islas o una sección de las mismas, se ocuparan con tropas.
El libro La Escuadra en Acción, de Arancibia Clavel y Bulnes Serrano, relata la actividad militar y política del conflicto, con un enfoque en la Armada de Chile. Aunque el texto no es muy técnico en cuanto a los medios empleados, resulta interesante por su descripción general de las operaciones de la Escuadra en el sur de Chile.
En este relato se menciona que la Fuerza de Submarinos chilena estaba compuesta por el submarino de la clase Balao "Simpson" (SS-21) y los modernos, para la época, submarinos de la clase británica Oberon, denominados "Hyatt" (SS-23) y "O'Brien" (SS-22).
De acuerdo con esta fuente, el "O'Brien" se encontraba en dique seco durante el conflicto y el "Hyatt" tuvo que interrumpir su tránsito hacia el sur y regresar a su base en Talcahuano debido a una avería mecánica que oficialmente aparece como ocurrida a la altura de Puerto Edén (clic para su ubicación) bien dentro de los fiordos. Sin embargo, para esa fecha el ARA Rosales lanzaría erizos contra un contacto detectado en la zona de Isla de los Estados, confirmando impacto de por lo menos una de las cargas. Podría haber sido ese el Hyatt que retornó averiado a Talcahuano. El otro submarino de la clase Balao, el "Thomson" (SS-20), ni siquiera es mencionado, posiblemente porque ya había sido retirado del servicio debido a su antigüedad. De hecho, tanto Brasil como Argentina habían retirado sus submarinos de esta clase a principios de la década de 1970, tras recibir los Guppy.
A pesar de que el "Simpson" no estaba a la altura tecnológica de las circunstancias, lograría cumplir su misión de llegar y patrullar la zona. El viejo submarino debía emerger con frecuencia por períodos de 8 horas para recargar sus baterías dado que no poseía snorkel, exponiéndose peligrosamente a los radares y periscopios argentinos. Por lo menos dos veces fue fotografiado por los submarinos argentinos en superficie. Por su desgaste, no sería sorprendente que esta operación tuviera que realizarse con mayor frecuencia de lo normal. En las dos ocasiones que fue detectado por submarinos argentinos obviamente optaron por no disparar sus torpedos. Aun así, es posible que su comandante, Rubén Scheihing, intentara atacar, pese a su desventaja tecnológica.
Áreas de patrulla asignadas a los submarinos argentinos. (Fuente: Deyseg)
Sin poder precisar las fechas exactas, los submarinos Guppy estuvieron muy cerca de entrar en combate, aunque sus comandantes interpretaron las órdenes con buen criterio. A mediados de diciembre, el submarino "Santa Fe" patrullaba la entrada de Bahía Cook a una profundidad de 50 metros. Los sonaristas detectaron el sonido de hélices de buques de guerra en aproximación. El comandante del S-21 dio la alarma de combate, la tripulación tomó sus posiciones y se alistaron todos los tubos lanzatorpedos. Los sonidos de las hélices se fueron sumando hasta convertirse en lo que parecía ser "una flota". La escuadra chilena navegaba sobre el S-21, abriéndose hacia las aguas abiertas del Pacífico sur.
Los sonaristas contaron tres, cuatro, seis... hasta 13 naves. Algunas tenían hélices "pesadas", como cruceros, y la mayoría hélices "livianas", similares a las de destructores.
Sin embargo, la flota chilena navegaba sin emitir señales, es decir, sin usar sonares activos en los buques de escolta. La decisión de un comandante de escuadra de navegar sin emitir puede tener varias justificaciones, como no estar buscando submarinos, o preferir ser más discretos, ya que las emisiones de sonar se propagan a grandes distancias y pueden ser detectadas por los equipos de contramedidas de los submarinos, revelando su rumbo o trayectoria.

Aquí están los 13 buques detectados por el ARA Santa Fé
No es difícil imaginar la gran tensión que vivió la tripulación del "Santa Fé". Suspendidos en silencio a decenas de metros bajo el Pacífico, esperaban la actitud de la flota chilena, con las armas listas para ser lanzadas si llegaba el momento adecuado para atacar desde una posición táctica favorable.
Finalmente, la flota chilena se adentró en aguas abiertas, alejándose del S-21. Siguiendo sus órdenes, el comandante del "Santa Fé" no interpretó la maniobra de la escuadra chilena como un acto hostil, especialmente en un momento en el que no había una declaración formal de guerra.
Con esto queda claro que el ARA Santa Fé sabía la posición de la flota chilena, en caso de guerra hubiera sido la primera en lanzar torpedos contra la flota trasandina.
Punto de encuentro y enfrentamiento
El punto de encuentro de las flotas se situaría en las proximidades del canal de Beagle. La FLOMAR debía enfrentar la amenaza de los misiles MM-38 Exocet de la ACh, con un alcance de 35-40 km. Existe recurrentemente en los diálogos, discusiones e intercambios con expertos y neófitos transcordilleranos una cierta contabilidad de Exocets para presuponer que una supuesta batalla naval se volcaría "claramente" a favor de la ACh. Chile dispondría de 4 u 8 bocas de fuego más que la ARA en ese momento. Es el negacionismo de la evidente derrota que hace a estos gestores de opinión sacar del juego analítico a los principales activos de la ARA: su portaaviones y sus 4 submarinos operativos. Más aún, a todo ese escenario desastroso de la ACh hay que sumarle el escenario patético de la FACh: Chabunco era un desastre esperando a ocurrir y es desconocido el número de aviones activos en ese momento, pero todo Chile era solamente defendido por 3 F-5E Tiger II y 9 Hawker Hunter en estado de vuelo, aunque éstos estaba en la Base Cerro Moreno, al norte del país. Para brindar más claridad, el portaaviones ARA Veinticinco de Mayo proporcionaba a Argentina una ventaja significativa, permitiendo ataques desde distancias de más de 200 millas (370 km). Otro detalle no menor, comparado con el caso de la experiencia de Malvinas, es que la aviación naval argentina tenía experiencia plena en los ataque antibuque y las espoletas de las bombas estarían ajustadas correctamente para detonar al impacto de los buques. Detectada la flota chilena con los S-2 Tracker y P-3 Neptune, su posición sería informada a las bases aéreas de la FAA y a los submarinos del CFS y sería cuestión de tiempo ver quien llegaba primero a la cacería. Escuche el relato del Vicealmirante Benito Rótolo sobre las capacidades de la FLOMAR frente a una flota como la Royal Navy en Malvinas (García Enciso y Rótolo, 2021).
¿Qué la "Escuadra" pensaba atacar y hundir a la FLOMAR? ¿En serio? ¿El contraalmirante López Silva era el experto en guerra aeronaval de la ACh? ¿Y la iba a ir a buscar con misiles y cañones? Más aún, se iba a apurar en ir a buscarla. Todo parece una broma de muy mal gusto.
Escenarios de Desembarco y Enfrentamiento
Aproximación de la Flota Chilena para detener el desembarco
La ACh avanzaría con rapidez desde los misteriosos apostaderos de combate hacia el canal de Beagle, desplegando sus fragatas y destructores para interceptar y atacar las fuerzas de desembarco argentinas. Emplearía las lanchas rápidas también para detener los desembarcos y barcos de apoyo. Los chilenos lanzarían misiles Exocet y usarían su artillería naval para hostigar las lanchas de desembarco. Además, coordinarían ataques aéreos desde Punta Arenas utilizando aviones Hawker Hunter y A-37 Dragonfly si es que alguno de estos se encontraba operativo en esa base. Introducirse en el canal de Beagle es una estrategia perdedora para cualquiera de las dos flotas por las restricciones de movimiento, perturbación de sensores por terreno (clutter) y consecuente baja en la performance de las armas.
Respuesta de la FLOMAR a este movimientoAnte la aproximación chilena, la FLOMAR desplegaría sus A-4Q Skyhawks y S-2 Trackers desde el portaaviones para realizar ataques preventivos contra las unidades de la ACh. Los submarinos argentinos patrullarían áreas estratégicas para interceptar buques chilenos. La FLOMAR utilizaría sus sistemas de defensa aérea para interceptar aviones aproximándose y lanzaría sus propios misiles antibuque para neutralizar las amenazas principales. Al contrario de la flota trasandina, la ARA contaba con un elemento externo a las naves para el ataque como era la aviación embarcada. La encerrona del canal facilitaba el ataque aeronaval y hubiese sido un elemento ideal para una secuencia de ataques y rearmes para reiniciar el ciclo. Aparentemente el encierro en los canales provocaba pánico en López Silva (Arancibia Clavel y Bulnes Serrano, 2017, p. 87).
ACh se enfoca en buscar a la FLOMAR para derrotarla directamente. Por la literatura citada, este fue el camino elegido por la armada araucana.
Si la ACh hubiese decidido buscar y enfrentar directamente a la FLOMAR, rodearía la isla Navarino o accedería por el mar de Drake hacia el cabo de Hornos (derrota sureste). Coordinarían con el submarino Simpson y patrullas aéreas para localizar la flota argentina y lanzarían misiles y ataques de artillería naval en cuanto la detectaran. También por la literatura, el ARA Santa Fe estaba debajo de la flota cuando está accedió al mar abierto: objetivo detectado primero. Nuevamente aquí, la aviación naval argentina los encontraría a medio camino en cualquier escenario y debería soportar varias oleadas de ataques de A-4Q Skyhawks. Lo que quede remanente de estas oleadas es lo que podrían enfrentar a una FLOMAR intacta. Jaque.
FLOMAR se enfoca en buscar la ACh para derrotarla directamente
Si la FLOMAR decidiera buscar y enfrentar directamente a la ACh, avanzaría desde su posición al sur del Cabo de Hornos hacia el noreste. Utilizarían sus aviones embarcados para reconocimiento y ataque, primero realizaría ataques aéreos repetidos para hundir o dejar fuera de combate a los principales activos de superficie, luego hundir o averiar diversos buques, acercaría para lanzar misiles antibuque desde sus destructores y fragatas, y coordinarían ataques con sus submarinos. Y aquí traemos a colación la formación de "apostadero de combate" de la ACh: los buques se hallan anclados apareados para compartir la espera con vida social e intercambio de insumos. Si la ARA lanzaba los A-4Q Skyhawk cuando esta formación no se hubiese desarmado, hubiese facilitado enormemente el accionar de las bombas. Una misma pasada de bombardeo de 3 aviones con 3 bombas de 450 kilos hubiesen impactado de a dos buques duplicando su eficiencia. Mate.
Roles de la Aviación Naval y Militar
Aviación Naval embarcada argentina:
Aviación Naval con Base en Río Grande:
Fuerza Aérea Chilena en Chabunco:
Fuerza Aérea Argentina en Río Gallegos:
A-4Q despegado del portaaviones ARA "25 de Mayo" impacta al APD-29 Uribe de la ACh
La ofensiva sobre Chile seguiría la siguiente secuencia (Wikipedia):
El enfrentamiento naval entre Argentina y Chile en 1978 hubiera sido una compleja operación multidimensional, involucrando fuerzas navales, aéreas y terrestres en un entorno geográfico desafiante. La superioridad aérea y submarina de Argentina le daba una ventaja significativa, aunque las defensas costeras y la coordinación táctica de Chile ofrecían una resistencia formidable. Los resultados habrían dependido de numerosos factores tácticos y estratégicos, así como de la eficacia en la ejecución de las operaciones planificadas por ambas naciones.

En este escenario específico, debe notarse que las fuerzas armadas argentinas poseían tres bases aéreas en el frente, una de ellas móvil (ARA 25 de Mayo) y las dos bases bases aéreas en Río Grande y Río Gallegos, las cuales demostrarían ser altamente operativas cuatro años más tarde en Malvinas. Contra ello, sólo la base aérea de Chabunco en Punta Arenas llevaría la carga de intentar detener las operaciones de desembarco, realizar misiones antibuque contra la FLOMAR, combatir los ataques aéreos desde el Noreste de la base aérea Río Gallegos y desde el Este-noreste de la base aeronaval Río Grande y luego planear ataques ABA (Airbase Attack) contra las mismas. ¿No es demasiados objetivos para una sola pista de despegue y aterrizaje? Por su parte, el COAN se dedicaría exclusivamente a ataques antibuques o de apoyo aéreo muy cercano, mientras que la FAA apoyaría el avance del asalto blindado a Punta Arenas, un ABA contra la base aérea Chabunco y la superioridad aérea sobre Punta Arenas así como, a pedido de la ARA, proporcionaría apoyo aéreo a las operaciones de desembarco.
En cuanto al posible desembarco anfibio argentino, la "Escuadra" chilena se encontraba en la zona, adoptando una estrategia liderada por el Contraalmirante López Silva. Sin embargo, esta estrategia resultaba cuestionable, ya que algunas fuentes comentan que se basaba en la idea de atacar de manera secuencial y en mar abierto a los Grupos de Tareas (GT) de la FLOMAR. Este plan asumía, de forma poco realista, que cada ataque sería decisivo para destruir por completo cada grupo de tareas argentino, mientras que el resto de la flota, e incluso el portaaviones ARA 25 de Mayo, no responderían de manera alguna. Algunos oficiales buscaban confiar en el mal clima que detuviera al COAN de operar desde el POMA. Algunos especialistas chilenos sugieren que se podría haber sido un combate naval en fases prolongadas durante varios días, bajo la premisa de que los marinos argentinos observarían pasivamente la destrucción de su flota (Arancibia Clavel y Bulnes Serrano, 2017). Realmente las mejores mentes chilenas acusan un realismo mágico incalificable: no parecen existir un lápiz y un papel en estos escritorios para intentar probar la verosimilitud de lo que se expone.
La aparente división de la FLOMAR en tres grupos parecía apuntar a un desembarco anfibio, pero este podría no haber sido el plan real. El ataque a las islas del Cabo de Hornos estaba diseñado para ser helitransportado. Como se indicó, solo una sección del BIM4 se encontraba embarcada en el portaaviones ARA 25 de Mayo, mientras que los transportes "Cándido de Lasala" y "Cabo San Antonio" al parecer permanecían vacíos. En este contexto, dividir las fuerzas en tres grupos carecería de sentido estratégico, salvo que se tratara de una maniobra de distracción destinada a atraer, precisamente, a la Escuadra chilena y obligarla a gastar sus misiles MM-38 Exocet prematuramente. Sin embargo, esta hipótesis también parece improbable, ya que la Armada Argentina (ARA) probablemente no estaba dispuesta a sacrificar buques y tripulaciones al estilo que sí lo estaba dispuesta la ACh sus formaciones Acero y Bronce (esta declaración se contradice con el esquema planteado en el libro de Arancibia Clavel y Serrano Bulnes).
Es más razonable suponer que, para el 22 de diciembre, la FLOMAR estaba organizada en una formación óptima para el combate aeronaval, con el objetivo de neutralizar a la Escuadra Chilena en mar abierto. El plan argentino habría consistido, en primer lugar, en cebar a la Escuadra a una trampa en la que se exhiban todos sus buques. Luego, vendría desde la distancia de 200 a 350 millas, una serie de ataques aéreos persistentes contra la flota chilena, seguidos de un eventual enfrentamiento de superficie decisivo. La disposición de los submarinos argentinos a la salida de los canales refuerza esta hipótesis, ya que estaban posicionados para alertar sobre la salida de la Escuadra chilena —algo que efectivamente ocurrió— y atacar a las unidades sobrevivientes durante su repliegue.
La estrategia
argentina era lógicamente sólida, considerando que las fuerzas chilenas
anticipaban un ataque directo a las islas en disputa: Picton, Lennox y
Nueva. Esto llevó a Chile a concentrar una gran cantidad de personal y
equipo en estas islas, lo que inmovilizó a dichas tropas, dejándolas
vulnerables a ser aisladas y desgastadas mediante ataques aéreos antes
de que se produjera un hipotético asalto directo. Esas tropas no podrían defender, tampoco, la isla Grande de Tierra del Fuego que iba a ser asaltada por 4 batallones de infantería de marina argentinos. Este enfoque buscaba
maximizar la eficacia operativa de las fuerzas argentinas al tiempo que
debilitaba las posiciones defensivas chilenas.
La Armada Argentina (ARA) no podía operar como una sola formación debido a las características del portaaviones ARA 25 de Mayo que navegaba a 20 nudos por diseño, el que debía mantenerse a una distancia segura del combate directo de misiles y artillería. Una vez que lanzaba sus aviones A-4, ya sea para misiones de ataque naval o para neutralizar a los aviones de patrulla marítima (MPA) chilenos, el portaaviones quedaba comprometido hasta el regreso de las aeronaves, lo que generaba una situación de vulnerabilidad operativa. De los 8 A-4 disponibles, 2 estaban configurados para intercepción, 3 para ataques navales y 3 en tareas de apoyo logístico, con uno de estos últimos funcionando como tanqueros: todos factibles de cambiar a la configuración de ataque naval en poco tiempo. Esta dependencia del portaaviones y su limitada capacidad motriz —que lo restringía a una velocidad máxima de 28 nudos y solo por cortos períodos, promedio 20 nudos— obligaba a dividir la FLOMAR en tres grupos operativos.
Otra razón para esta división era que la FLOMAR, aunque entrenada habitualmente en dos grupos, no estaba preparada para operar en tres. La escasez de buques adecuados fue paliada con la incorporación de dos fragatas A-69 adquiridas en 1978, que llegaron en agosto y octubre de ese año. El grupo del PAL quedó conformado principalmente por el destructor Tipo 42 en servicio, mientras los otros dos grupos cumplían roles tácticos complementarios. Uno de ellos se presentaba como una fuerza con capacidad anfibia para atraer a la Escuadra chilena hacia un enfrentamiento directo, alejándola del portaaviones.
Por último, el tercer grupo, compuesto por destructores, tenía la misión de actuar como un "tapón" para interceptar cualquier movimiento de la flota chilena que intentara alcanzar al grupo del PAL. En caso de que no se produjera una segregación de fuerzas chilenas, este grupo debía maniobrar para atacar desde el flanco. Esta estrategia buscaba maximizar la efectividad de las fuerzas argentinas mientras protegía los activos más valiosos, como el portaaviones y su ala aérea, en un entorno de combate altamente desafiante.
Vale aclarar que la FLOMAR era una flota de 20 nudos pero, también lo era la ACh dado que poseía dos cruceros de 20 nudos. La velocidad de aproximación era entonces de 20 para la ACh y para los grupos de desembarco (ARA Gral Belgrano) y PAL, pero el grupo del medio era de destructores de más de 20 nudos.
Fuerzas Argentinas: Con la superioridad aérea proporcionada por el portaaviones y una flota de superficie y submarinos modernos, las fuerzas argentinas tenían una ventaja significativa. Las operaciones conjuntas aire-mar-submarino de la FLOMAR aumentarían sus probabilidades de éxito.
Comparativo de fuerzas entre la ACh (izquierda) y FLOMAR (derecha). Las franjas rosadas indican una distancia del alcance de sus armas principales (MM38 Exocet, 35 a 42km). El portaaviones ARA V2 "25 de Mayo" indica un A-4Q con carga completa de bombas y combustible de un vuelo Lo-Lo de 350km de alcance, es decir aproximación a baja cota para eludir los radares. Esos son los espacios vitales a cubrir antes de hablar de una amenaza real para el adversario. Me cuesta como analista ver siquiera un atisbo de igualdad entre ambas fuerzas.
Previo al análisis del caso chileno, repasemos que probabilidad tenía la "escuadra" de repeler un ataque aéreo, que iba a ser la principal arma de la ARA. Algunos destructores (clase Almirante) chilenos poseían la instalación de un sistema SAM Short Seacat británico. Es un pequeño misil subsónico, impulsado por un motor cohete de combustible sólido con dos etapas. En vuelo es dirigido por cuatro alas en flecha, de estructura cruciforme y es estabilizado por cuatro aletas pequeñas en la cola. Se guía por la línea de comandos de visión (CLOS) a través de un radio-enlace, es decir, comandos de vuelo que se transmiten a partir de un operador remoto tanto con el misil y el objetivo a la vista. El mismo sistema lo poseía el crucero ARA General Belgrano argentino y, en su versión terrestre Tigercat, se encontraban desplegados en Tierra del Fuego (IMARA) y Río Gallegos (EA). El misil se mostró enormemente impreciso en Malvinas dado que no es autónomo y depende de la coordinación del pulso y visión del operador, con los concurrentes problemas del ojo humano de apreciar claramente las profundidades y distancias en el espacio. Se estima una probabilidad de éxito del 10% para este sistema de armas. Luego, tal vez el buque chileno mejor equipado para autodefensa aérea era tal vez el crucero Almirante Latorre o el Prat con hasta 14 instalaciones del pom-pom Bofors de 40mm. Este hubiese sido el blanco más difícil de aproximar y atacar y, si las comunicaciones lo hubiera permitido, una tarea tal vez delegada a los submarinos.
El principal ejercicio intelectual que hay que realizar, que nadie ha propuesto hasta donde mi conocimiento alcanza, es el siguiente:
Los buques chilenos se aproximarían a 21/28 nudos hacia la FLOMAR (si es que los CASA -212 ubicaban correctamente a la misma, otros "ojos" no tenía Chile). La distancia a cubrir se encontraba en el rango de entre 120/193 millas según diversos reportes chilenos. Ello llevaría a flota trasandina poco más de 5/8 horas de navegación para llegar a 20 millas de los barcos argentinos (siendo 20 millas el primer momento para intentar golpear a la flota dado que era el alcance de un MM38 Exocet, única arma decisiva chilena). Durante 5/8 horas los buques no podría hacerle ningún disparo/daño al enemigo. Bien, durante ese período de tiempo, el portaaviones ARA "25 de Mayo" podrían lanzar y recuperar 3 a 5 salidas de combate de todo su GAE (Grupo Aéreo Embarcado). Para ello, supongamos que cada grupo de ataque volara a 400 nudos ida y vuelta, aterrizara y tardara 25 minutos en recargar bombas y combustible y para despegar de nuevo. A la distancia de ataque y dependiendo de los vientos, cada A-4Q Skyhawk despegaría con 3 bombas de 458 kg (1.000 libras) en el pilón central con espoleta adaptada para impactar buques. La primera pasada sola, arrojaría 24 bombas sobre la "Escuadra" (en realidad, el A-4Q podía cargar también hasta 6 bombas de 500 libras o 227kg, duplicando la estimación que se presenta en la tabla debajo). Suponiendo ausencia de bajas en los aviones argentinos, a la cuarta/quinta pasada, serían 96/120 bombas las arrojadas sobre los buques. Si suponemos que por cada pasada, un avión argentino es derribado hasta 4 bajas, serían en el peor escenario hasta 36 bombas lanzadas contra la "Escuadra". Es decir, en el lapso de cortar la brecha entre las flotas, la flota chilena recibiría entre un mínimo de 36 a 120 bombas (ver la tabla abajo). Todo eso antes de que ningún operador de puesto de combate pudiera apretar el botón de lanzamiento de un solo Exocet chileno. ¿Se entiende lo grave de esta planificación para el mando chileno? ¿Tan blindada estaba la formación Acero? ¿En qué estaban pensando? El contraalmirante Barbuzzi no hubiese podido creer su suerte.


El as bajo la manga de la "Escuadra": Alouettes con gallinero deflector de radar
Fuerzas Chilenas: La flota chilena a mar abierto estaba a merced de la aviación naval, primero, y submarinos argentinos, posteriormente. Como se expuso arriba, la distancia entre ambas flotas jugaba a favor de la FLOMAR. Si la ACh era detectada a 190 millas, las pasadas de bombas lanzadas por los Skyhawks hubiesen dejado poco a flote aún considerando derribos. Es hasta triste imaginar una flota acelerando para poder golpear el enemigo siendo progresivamente bombardeada una y otra vez sin absolutamente ninguna ayuda ni desde las profundidades ni desde el aire. Asimismo, si la Escuadra se intentaba acercar a la FLOMAR, la misma la detectaría antes (por los Tracker y Neptune, primero, por su propio radar, después) y en caso de ser necesario, simplemente navegaría en dirección opuesta al avance chileno y ese encuentro se extendería bien adentro del Mar Argentino por una simple cuestión de Física.
Para este ejercicio, la Escuadra debe deshacerse de la formación Acero y quedarse con una flota de 28 nudos (Hierro). Si el CASA C212 le marcara la posición de la FLOMAR a 190 millas, la persecución de la Escuadra a una flota de 20 nudos (por la velocidad del ARA 25 de Mayo) tomaría 21 horas y minutos (casi 600 millas de navegación) para llegar a 20 millas de distancia entre las flotas y poder disparar sus Exocets, descontando ninguna otra interacción de la ARA, es decir, la flota solo "navegaría sin contraatacar". Eso ubicaría a ambas flotas bien al Norte de las Malvinas. Completamente ridículo.No hay manera que existiese la posibilidad que los buques chilenos se acercaran a una posición de lanzamiento de sus Exocet sobre la flota argentina. Posibilidad de éxito: Cero.

Si la ACh sufría una derrota un resultado probable hubiese implicado el hundimiento o puesta fuera de combate de sus principales activos. Por valor como objetivo naval, sin dudas las fragatas clase Leander y Almirante serían el primer foco del ataque y los cruceros ligeros Prats/Latorre, el segundo, dada la capacidad de sus cañones de afectar las operaciones desembarco. El resto de los objetivos se iría definiendo por circunstancia. Cabe agregar aquí una información que no poseía el Contraalmirante López Silva (teóricamente el mejor preparado en guerra aeronaval) de la ACh: Cuatro años después los aviones argentinos demostraron que una flota encajonada en un canal (como el estrecho de San Carlos) o muy cercana a la costa (como lo es el sur de islas del cabo de Hornos) era blanco perfectamente alcanzables para aviones jets volando a baja altura. La Royal Navy, armada con misiles de defensa aérea mucho mejores que los poseía la ACh, sólo obtuvo derribos puntuales y sólo la falla en la espoletas de las bombas lanzadas por la FAA impidió su anulación como fuerza de combate de superficie antes del fin del conflicto. Quiénes atacarían a la ACh serían los A-4 Skyhawk, tanto en sus variantes B y P y Mirage israelíes de la FAA así como los consabidos A-4Q del COAN, y todos probarían ser letales atacando una flota. ¿La flota trasandina esperaba que para su caso emergería un resultado diferente?
Si la ACh pasara por el canal sería su fin asegurado. Estaría encerradas en el canal de Beagle o avanzando cercana a la
costa sur de las islas, facilitando la aproximación de los aviones fuera de la
detección del radar. El ataque, tal como ocurriría luego en Malvinas, se realizaría
con el aprovechamiento de la geografía, tal cual lo fue en el estrecho de San Carlos. Ahora
sabemos que la probabilidad de escape de los principales unidades de la
ACh de un ataque aéreo eran casi nulas. Una vez puestas fuera de combate las unidades
principales, el resto de flota chilena sería atacada por los
destructores y corbetas argentinas y sus Exocets. Ese no sería la derrota elegida de acuerdo al libro de Arancibia Clavel y Serrano Bulnes.
La ACh estaría obligada a recurrir a la ayuda aérea de la FACh, asentada en la base aérea Chabunco. Cómo ya se expuso anteriormente, a las 6 AM del 23 de diciembre dicha base sería el objetivo principal de un ataque preventivo de todos los activos aéreos de la BAM Río Gallegos. Sobre llovido, mojado: si los cazas chilenos lograban despegar, el COAN aguardaba escondido a poco menos de 200 km de Chabunco con una docena de T-28 Fennec esperando que los cazas chilenos aterrizaran para atacarlos con metralla y cohetes.
Aún así, si consideramos un remanente de unidades a flote, en caso de derrota en los canales fueguinos, se retiraría a fiordos como el Fiordo de Última Esperanza, el Fiordo Quintupeu o el Fiordo Comau. Con superioridad aérea argentina, las fuerzas chilenas tendrían pocas probabilidades de éxito, ya que la FLOMAR podría llevar a cabo ataques precisos y sostenidos. Sin superioridad aérea, las fuerzas chilenas tendrían una mejor oportunidad de defenderse, pero aún enfrentarían una amenaza significativa debido a la capacidad de la FLOMAR para coordinar ataques desde el aire y el mar.

El buque evitado de mencionar en el relato chileno: El mejor portaaviones de la historia de la Latinoamérica, el ARA V-2 "25 de Mayo"
En resumen, la superioridad tecnológica y operativa de la FLOMAR otorgaba a las fuerzas argentinas una ventaja considerable en un enfrentamiento directo con la ACh. La geografía de los fiordos chilenos proporcionaría un refugio natural, pero las fuerzas chilenas seguirían enfrentando desafíos significativos sin la capacidad de contrarrestar la superioridad aérea y naval argentina.

