El primer ministro tailandés inspecciona la preparación para el combate de la Armada Real Tailandesa, incluido el HTMS Chakri Naruebet
Del 17 al 25 de abril de 1982, el portaaviones ARA 25 de Mayo se dedicó a patrullar a lo largo de la costa continental mientras ejercitaba a su ala embarcada. Una avería en las calderas de popa, que limitaba su velocidad máxima a 16 nudos obligó al portaaviones a regresar a la Base Naval de Puerto Belgrano para intentar reparar la avería, arribando el 25 por la tarde...

En las décadas inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, los portaaviones ligeros decrecieron en número progresivamente, convirtiéndose en la solución de aquellas armadas que no podían permitirse mantener verdaderos portaaviones de flota. Esta tendencia se hizo todavía más acusada con el final de la Guerra Fría y la baja de muchos de los últimos exponentes todavía en servicio. Ahora, ante un nuevo escenario de competición entre grandes potencias en el que la supremacía naval ya no está asegurada para los EE. UU. y sus aliados y ante la imposibilidad de operar un número mayor de supercarriers de las clases Nimitz y Gerald R. Ford, el concepto de portaaviones ligero está recuperando gran parte de su atractivo. Además, no solo gracias a la posibilidad de acceder -al menos para algunos socios de los EE. UU. al F-35B, sino como plataforma desde la que operar drones de ala fija, algo en lo que trabajan entre otros China y Turquía.
Antes de entrar en materia, es obligado hacer alguna referencia a las diferencias entre los portaaviones ligeros, los portaaviones de escolta y, por supuesto, los portaaviones de flota, pues son conceptos que muchas veces se utilizan de forma indistinta. Esto es así especialmente en el caso de los dos primeros, por más que sus orígenes y funciones fuesen diferentes. Podemos definirlos, de forma muy poco ortodoxa pero bastante didáctica, de la siguiente manera:
Portaaviones de flota: Representados por buques como
los portaaviones convencionales clase Kitty Hawk y los portaaviones
nucleares de las clases Enterprise, Nimitz y Gerald R. Ford
estadounidenses, en este grupo, por su papel y aunque no sean
comparables en otros aspectos, podrían incluirse buques como el Charles de Gaulle francés o el futuro Tipo 003 chino. Incluso el Almirante Kuznetsov
ruso y sus derivados, aunque tanto por sus orígenes como por sus
capacidades son un tanto diferentes. Lo importante aquí es que se trata
de buques con un clara vocación estratégica (de ahí la inclusión del
ruso, como demuestra su papel en la guerra de Siria). Auténticos capital ship
de nuestros días (papel que le disputan cada vez más los submarinos),
son de diseño CATOBAR -o STOBAR en el caso de los diseños soviéticos- lo
que permite a sus aviones embarcados el despegue mediante catapultas de
vapor (a la espera de las EMALS) y el aterrizaje mediante cables de
frenado o bien recurriendo una rampa ski-jump como sustituto de
las primeras. Esto hace posible adoptar versiones navalizadas de los
cazabombarderos en servicio con sus fuerzas aéreas en lugar de recurrir a
modelos específicos VTOL (Vertical Take-Off and Landing o despegue y aterrizaje vertical) como los Sea Harrier,
los Yak-38 o los F-35B. En el caso de aquellos que utilizan catapultas,
también pueden operar aparatos de alerta temprana de ala fija como el
E2 Hawkeye o el futuro KJ-600 chino. Además, su diseño y su
tamaño repercuten también en el ritmo de operaciones que pueden afrontar
y en el peso al despegue con el que pueden iniciar estos aviones sus
misiones, lo que a su vez incide en el número de equipos y municiones
que pueden montar y en su radio de acción. Dado que su misión
fundamental es el combate aeronaval y la proyección de este sobre
tierra, necesitan de una importante escolta, generalmente formada por
cruceros y destructores y, en menor medida, fragatas, además de
submarinos.
Portaaviones ligeros: En este caso, su misión
fundamental sigue siendo la misma que la de los portaaviones de flota:
proyectar el poder aeronaval. Eso sí, a una escala menor. También
adoptan misiones secundarias dependiendo de la armada en la que sirvan.
Así, por ejemplo, para los EE. UU. podrían ser útiles tanto de cara a
emplearse en teatros secundarios, como para aumentar en determinados
momentos el número de aparatos disponibles en apoyo de los CVN. Tanto su
eslora como su manga y desplazamiento son sensiblemente inferiores,
rondando entre el 25 y el 50 por ciento respecto a los supercarriers estadounidenses.
Naturalmente, el número de aviones que pueden embarcar es menor.
Además, aunque no siempre ha sido así (ahí está el ejemplo de los
antiguos Clemenceau y Foch franceses, dotados de
catapultas) generalmente se ven obligados a recurrir a aviones con
capacidad de despegue corto y aterrizaje vertical. En cualquier caso,
esta limitación de tamaño no solo impone un ritmo menor en las
operaciones, sino que obliga a renunciar entre otras cosas a los aviones
de alerta temprana. Por lo demás, necesitan también de escolta para su
protección. Era el caso de la Armada Española en tiempos del extinto
«Grupo Alfa» compuesto por el portaaviones «Príncipe de Asturias» y la
41º Escuadrilla de Escoltas. Con todo, son plataformas versátiles desde
las que se puede proyectar el poder aeronaval, ofrecen capacidades
antibubmarinas y antibuque, la posibilidad de lanzar misiones CAP, CAS
como apoyo por ejemplo a desembarcos anfibios o SEAD, etc, pero sin el
coste de sus hermanos mayores.
Portaaviones de escolta: En este caso la premisa
básica era el ahorro en tiempo y dinero. Su cometido, mientras se
utilizaron, fue el de prestar escolta, como su propio nombre indica, a
convoyes, fuerzas anfibias, etcétera. Vivieron su apogeo durante la II
Guerra Mundial y para su construcción se recurrió a todo tipo de
argucias, como utilizar cascos de buques de transporte civiles con tal
de reducir costes. Como buques nacidos en un contexto tan determinado,
una vez finalizado el conflicto fueron dados de baja en su mayoría, pues
adolecían de importantes problemas como la falta de velocidad y la debilidad estructural, consecuencia de su origen civil.
Naturalmente, esta es una clasificación de «brocha gorda» que podría
hacerse de muchas otras manera, por ejemplo tomando en consideración la
forma en que los aparatos despegan y aterrizan. Al fin y al cabo,
existen múltiples casos que difícilmente admiten un encuadre claro,
empezando por el mismísimo Almirante Kuznetsov, pasando por los Liaoning y Shandong chinos o el Vikramaditya indio, muy similares al primero y llegando hasta la clase Queen Elizabeth
británica. Todos ellos son buques con un desplazamiento superior al de
los portaaviones ligeros tradicionales hasta el punto de ser mayores,
tanto en eslora como en manga y desplazamiento que el propio Charles de Gaulle francés. En el caso británico, además, si no es un portaaviones CATOBAR es por circunstancias sobrevenidas, puesto que el proyecto original era el de contar con catapultas,
algo a lo que hubieron de renunciar por razones puramente económicas.
Por otra parte, muchos portaaviones se diseñaron para misiones
específicas como la guerra antisubmarina y al cambiar el entorno
estratégico y operativo, fueron adaptando su rol hacia nuevas misiones,
como ocurrió con nuestro Príncipe de Asturias, concebido en
Estados Unidos como una suerte de portaaviones de escolta, pero
utilizado por la Armada Española para misiones de guerra antisubmarina,
ofrecer apoyo aéreo en operaciones de desembarco, etc.
En
esta imagen, que distingue los tipos de portaaviones en función del
mecanismo de despegue y aterrizaje, se aprecia la diferencia de tamaño
entre diversos buques, resaltando las enormes diferencias entre
portaaviones que, en principio, son -o eran, ya que alguno ha pasado a
mejor vida- del mismo tipo.
Estos cambios y la continua evolución no son ninguna excepción. No debemos olvidar que la historia de los portaaviones fue en sus inicios bastante compleja, haciéndose experimentos de todo tipo, desde modificar otros buques de guerra a utilizar hidroaviones que eran depositados y recogidos de la superficie del mar mediante grúas. El concepto se perfeccionaría en el periodo de entreguerras y especialmente gracias a las lecciones recogidas durante la Segunda Guerra Mundial y llegaría a su cénit con la clase Forrestal y sus sucesores hasta nuestros días. Por el camino, el diseño de los portaaviones, incluso de los ligeros, no dejaría de ganar en tamaño y complejidad hasta llegar, con la clase Ford pronta a entrar en servicio, a su máxima expresión.
Los ingenieros -tratando de cumplir las peticiones de los marinos y aviadores- han buscado en todo momento diseñar buques más adecuados en cuanto a velocidad, autonomía o resistencia estructural, pero especialmente en cuanto al número de misiones que pudiesen lanzar, la variedad en los tipos de aeronaves que pudiesen operar y la capacidad de sostener las operaciones en el tiempo, lo que ha llevado a un crecimiento continuo en su desplazamiento y complejidad. Cambios que han estado íntimamente relacionados con la evolución, en paralelo, de su ala embarcada y que ha venido marcada por fenómenos como:
Esto se entiende mejor con ejemplos concretos. Si un Mitsubishi A6M Zero contaba con una longitud de 9,06 metros y un peso máximo al despegue de 2.796 kilogramos, los actuales Boeing F/A-18 Super Hornet de la US Navy tienen una longitud de 18,3 metros y un peso máximo al despegue de 21.320 kilogramos, cifras que en el caso de los Sukhoi Su-33 rusos crecen hasta los 21,94 metros y 33.000 kilogramos. A su vez, si un caza Zero podía cargar con 2 bombas de 60 kg o una de 250 kg, que además tenían un tamaño muy limitado, un Super Hornet cuenta con 11 puntos de anclaje mediante los cuales puede utilizar diversas configuraciones de bombas y misiles, totalizando una capacidad de carga de 8.050 kg, esto es, 32 veces más. Bregar con esta complejidad no ha sido sencillo y ha obligado a:
Esta última opción hizo posible mantener unas capacidades aeronavales dignas a países que, en otras circunstancias, se habrían visto forzados a renunciar a sus portaaviones. Además, con notable éxito, como lo atestigua el papel de los Harrier británicos en la Guerra de las Malvinas o de los AV-8B en la Guerra del Golfo y en Yugoslavia. De hecho, diversos buques -como nuestro Dédalo (ex-USS Cabot) fueron adaptados para la ocasión, mientras iban entrando en servicio nuevas clases de portaaeronaves diseñados específicamente para operar este tipo de aparatos. Por desgracia, con el paso del tiempo, la obsolescencia de los Harrier y sus evoluciones y sin más opción de futuro que los F-35B, un aparato caro desarrollado como parte de un programa que ha dado y todavía da muchos problemas pese a sus bondades, la fiebre por los portaaviones ligeros parecía haber amainado, quedando como única opción los portaaviones CATOBAR o STOBAR.
Especialmente estos últimos, que evitan incorporar las complejas y carísimas catapultas, han vivido desde el final de la Guerra Fría un importante auge, aunque no por razones económicas o por su valía como portaaviones, sino por felices -o infelices, como en el caso británico- casualidades. Tanto Rusia como Ucrania disponían de cascos a medio construir o dados de baja de forma prematura. Estos eran una opción ideal como paso intermedio, de forma que países que aspiraban a tener su propio programa de portaaviones pudiesen acortar camino, haciendo ingeniería inversa por una parte y recibiendo asistencia técnica por otra. La idea ha sido un éxito, pese a los sobrecostes y contratiempos, tal y como demuestran los casos de India y China, ambas potencias con importantes aspiraciones navales.
Estos dos países han utilizado como base sendos buques soviéticos (Bakú y Varyag) para sus Vikramaditya y Liaoning, utilizados como escalón previo al lanzamiento de diseños basados en los anteriores, pero totalmente nacionales (Vikrant y Shandong). Es más, siendo totalmente consecuentes con su posición, poderío económico, industrial y tecnológico y ambiciones, en ambos casos trabajan, en base a lo aprendido, en nuevos desarrollos mucho más modernos y capaces, esta vez sí, totalmente originales (IAC-2 y Tipo 003). En el caso de la aviación embarcada, el camino está siendo algo diferente, pues si hasta ahora han apostado por aparatos rusos o derivados (MiG-29K/Shenyang J-15), India continúa valorando qué aparato elegir de entre distintas opciones rusas, francesas y estadounidenses mientras prosigue el desarrollo de la variante naval del HAL Tejas y China parece concentrada en su Shenyang FC-31.
Respecto al Reino Unido, como decíamos, ha seguido un camino
contrario, pues de plantearse un portaaviones CATOBAR en colaboración
con Francia, ha pasado a tener dos monstruosos portaaviones STOVL de
65.000 toneladas a plena carga. Sin embargo, no parece que muchos más
países estén dispuestos a apostar por esta opción, prefiriendo la
mayoría optar por diseños mucho más ligeros, en muchos casos derivados
de buques anfibios tipo LHD (Landing Helicopter Dock).
El
tamaño de los cazas navales ha ido creciendo, multiplicando de paso las
necesidades en cuanto a almacenamiento de combustible, recambios y
armamento frente a épocas pasadas.
Los
Su-33, con una longitud de casi 22 metros y una envergadura de 14,7
metros (7,4 en la imagen, con las alas plegadas) son capaces de
transportar hasta 6.500 kilogramos de bombas frente a los 250 de los
Zero japoneses de la Segunda Guerra Mundial.
Si, como veremos, la mayor parte de Estados que se están sumando a la fiebre de los portaaviones lo hacen construyendo nuevos portaaviones ligeros o modificando LHDs para que puedan cumplir con esta función, ¿significa esto el ocaso de los supercarriers? Lo cierto es que no, por las razones que explicaremos a continuación.
Hace unos meses, en estas mismas páginas, Guillermo Pulido nos explicaba las razones por las que los CVN estadounidenses no iban a ser dados de baja y también cómo en la guerra futura, su papel seguirá siendo clave. Poco antes, Alejandro A. Vilches Alarcón nos hablaba sobre la resistencia estructural de los buques de guerra y las ventajas innegables de operar buques de gran porte. También del error que supone para una armada recurrir (salvo en casos puntuales relacionados con la negación del mar) a buques polivalentes y de escaso tonelaje por ahorrar dinero, al ser una falsa economía.
Actualmente son muchos los que, incluso en el seno de la US Navy, parecen plantearse la validez del concepto de supercarrier. Ahora bien, es un debate mal entendido, pues la mayoría de expertos no hablan en ningún caso de renunciar definitivamente a estos buques, sino que teorizan sobre el papel que han de tener en el seno de la flota, lo que es muy diferente. Las discusiones giran en torno a varios asuntos relacionados:
Portaaviones
A - 140
PHM Atlantico
La Marina de Brasil destinará el buque a tareas de vigilancia de áreas marítimas, apoyo logístico, auxilio en desastres y operaciones de paz, y como hospital en misiones de carácter humanitario.
El que fuera conocido como HMS Ocean en la Marina británica tiene 203 metros de eslora y 35 metros de manga, desplaza 21.578 toneladas y tiene capacidad para transportar 806 soldados. Su tripulación consiste de 285 marinos y 180 pilotos y otro personal de vuelo.
El buque construido por el astillero Kvaerner Govan y botado en 1988 fue utilizado por el Reino Unido en operaciones de guerra en Oriente Medio y en misiones de paz en Centroamérica y Asia.
Entre sus sistemas de combate cuenta con cuatro cañones de 30 mm DS30M Mk2, dos radares 1007, un radar 1008 y un radar Artisan 3D 997.
El PHM Atlântico, fue adquirido por el Ministerio de Defensa de Brasil por unos 350 millones de reales (unos 88 millones de dólares) para sustituir al desactivado portaaviones Sao Paulo.

Se ha convertido de esta manera en el navío más grande de la marina brasileña y buque insignia de la flota.
La Armada de Brasil inició los estudios para la instalación de nuevos sistemas destinados a mejorar su portaaviones multipropósito PHM Atlántico (A140). La modernización potencial mejoraría las capacidades clave del buque insignia de la marina, incluidos los sistemas de navegación y protección.
Entre los componentes considerados para reemplazo, instalación o supervisión se encuentran sistemas de radar de aproximación de navegación y precisión, un sistema de comando y control a nivel operativo para uso de una fuerza de comando embarcada y un nuevo sistema de autoprotección para complementar el existente: Cuatro estaciones de armas de control remoto DS30M Mk2 de 30 mm. La marina está considerando un sistema existente, ya sea basado en armas o misiles, como un posible reemplazo.
No hay otra información disponible públicamente sobre presupuesto, cronograma u otros detalles de modernización.


El día 17 de noviembre de 1967 después
de efectuar el saludo al cañón y ser contestado desde las baterías del
castillo de Montjuic, efectuaba su entrada en visita de cortesía, parte
de la 5ª División de la Real Armada de Holanda compuesta por el
portaaviones holandés «HNLMS Karel Doorman» (R-81) de la clase británica
«Colossus», y los destructores «HNLMS Noord Brabant» (D-810) y «HNLMS
Limburg» (D-814), la fragata «HNLMS Van Nes» (F-805), los submarinos
«HNLMS Potvis» (S-804) y «HNLMS Dolfjin» (S-808) y el buque de apoyo
«HNLMS Poolster» (A-835).
El portaaviones quedó atracado en el testero del muelle de Barcelona, en donde le esperaban las autoridades de la ciudad, mientras el resto de buques se repartieron entre el muelle de Bosch i Alsina y el muelle de Poniente.
Esa misma noche se ofreció una
recepción a bordo del portaaviones presidida por el comodoro Van der
Moer en honor a las autoridades, al Cuerpo Consular y a la colonia
holandesa de Barcelona.
El portaaviones «HNLMS Karel Doorman» forma parte de esa reducida comunidad de buques de guerra que han servido en múltiples países, entró en servicio en la Royal Navy como «HMS Venerable» y a los pocos años fue vendido a la Real Armada de Holanda quienes lo rebautizaron como «Karel Doorman» y, tras veinte años de servicio, terminaría en la Armada de Argentina como el portaaviones «ARA Veinticinco de Mayo».
El «HNLMS Karel Doorman» (R-81) pertenece a una prolífica serie de portaaviones de diseño y construcción inglesa de 15 unidades, los primeros 9 pertenecían a la clase «Colossus» original y los 6 últimos con algunas modificaciones se construyeron bajo la denominación de clase Majestic.
Esta serie de buques nació en plena Segunda Guerra Mundial de la necesidad de disponer de portaaviones para escoltar a los convoyes sin tener que desplazar un gran buque capital para ello, al estilo de los portaaviones ligeros de la US Navy. Cuanto más convoyes mas portaaviones se necesitarían y también crecería el desgaste económico de su construcción y mantenimiento; para minimizar los costes se optó por diseñarlos y construirlos en astilleros civiles.
Aunque fueron construidos para una
vida útil corta y limitada, su buen diseño permitió que algunos de ellos
superaran con creces su vida útil operativa. El mejor ejemplo es el del
«NAeL Minas Gerais» (A-11) de la marina de guerra de Brasil, ex «HMS
Vengeance» botado en 1944 y vendido a Brasil en 1960 (después de pasar
por la marina australiana), causando baja en 2001 con 57 años desde su
botadura.
Otras marinas que se beneficiaron de las virtudes de estos buques fueron Francia que dispuso del «Arromanches» (ex HMS Colossus); la Royal Navy prestó los «HMS Bonaventure» (ex HMS Powerful), «HMS Magnificient» y «HMS Warrior» al Canadá en 1957, 1948 y 1946, este último tras dos años de servicio fue devuelto a su propietario original que tras diez años de servicio fue vendido a la Armada de Argentina convirtiéndose en el «ARA Independencia»; la marina australiana además del «HMS Vengeance», dispuso del «Majestic» y «Terrible», ambos del subtipo llamado «Majestic»; y el más longevo de todos ellos fue el «HMS Hercules» que sería vendido a la India y renombrado «Vikrant», terminando sus días en 1997.
En cuanto a la clase Majestic, había
pocas diferencias, excepto en el refuerzo de estructuras de catapultas y
cables de retención para poder operar con aviones a reacción más
grandes, potentes y rápidos. También se les añadió mejoras en su
armamento defensivo y en la configuración electrónica.
El portaaviones «Karel Doorman»
El «HNLMS Karel Doorman» (R-81) fue
construido originalmente como «HMS Venerable» (R-63) para la Royal Navy
en los astilleros ingleses de Cammell Laird en Birkenhead, siendo botado
el 30 de diciembre de 1943 y dado de alta el 17 de enero de 1945.
Desplazaba 18.000 toneladas a plena carga con una eslora de 212 metros por 24 metros de manga y un calado a plena carga de 7,09 metros. Era propulsado por 4 calderas Admiralty que alimentaban a turbinas Parsons que le daban una potencia de 40.000 SHP. a dos ejes con una velocidad máxima de 25 nudos, y una autonomía de 12.000 millas náuticas a 14 nudos. Dotación, 1.050 tripulantes.
Su armamento defensivo original estaba configurado de la siguiente manera: 6 montajes cuádruples de 2 libras antiaéreos (conocidos como pom-pom) y 16 dobles de 20 mm Oerlikon; esta configuración varió a lo largo de los años y de la marina de guerra que lo operó.
En su diseño original podía embarcar
hasta 41 aviones, posteriormente ampliados a 52; como en todos los
portaaviones modernos, ya disponían de catapultas para lanzar los
aviones y de cables de retención para el aterrizaje y recuperación de
los mismos.
Los aviones que podía operar originalmente en la Royal
Navy eran de los modelos: Fairey Barracuda, Supermarine Seafire, Fairey
Firefly o Hawker Sea Fury, más tarde se añadiría la capacidad de operar
con los Grumman F6F Hellcat de origen norteamericano.
Con la Real Armada de Holanda el portaaviones operó con multitud de modelos de aeronaves como aviones ingleses provenientes de la Segunda Guerra Mundial: los Fairey Firefly, Hawker Sea Fury o Supermarine Sea Otter, más tarde se añadió un helicóptero Sikorsky S-51.
A partir de 1958 embarcaría 14 aviones
antisubmarinos Grumman TBM Avenger, 10 reactores Hawker Sea Hawk y
helicópteros Sikorsky S-55. Y en su último periodo operativo, asumió
tareas de patrulla antisubmarina dentro de la OTAN, su componente aéreo
entonces era de 17 Grumman S-2 Trackers y 6 helicópteros Skikorsy S-58.
El portaaviones «HMS Venerable» apenas pudo entrar en combate en la Segunda Guerra Mundial, y su única misión destacable en la posguerra fue el transporte de prisioneros entre Canadá y Australia antes de su retorno al Reino Unido, causando baja el mes de abril de 1947. Un año después, concretamente el 1 de abril de 1948 sería vendido a Holanda y renombrado «HMNLS Karel Doorman» con numeral R-81.
El «HNLMS Karel Doorman» nombrado en
honor al contraalmirante Karem Willem Frederik Marie Doorman
(1889-1942), muerto en la Batalla del Mar de Java, fue el segundo buque
en llevar este nombre, sirvió en la Real Armada de Holanda en un periodo
de 20 años. En estos 20 años de servicio destaca la crisis del canal de
Suez, o la Operación Trikora.
Operación Trikora
En 1949 las Indias Orientales
Neerlandesas se independizaron convirtiéndose en la actual Indonesia,
excepto el territorio de Nueva Guinea Occidental retenido por el
gobierno de Holanda. En 1959 se celebraron elecciones resultando
vencedora la idea de la independencia, y el mismo gobierno holandés
facilitó el camino para ello. El 18 de diciembre de 1961 Indonesia
intentó invadir el territorio de Nueva Guinea Occidental, provocando
escaramuzas militares entre ambas naciones. Holanda envió a la flota,
portaaviones «Karel Doorman» incluido, por otro lado la fuerza aérea de
Indonesia se armó con aviones de procedencia soviética, en concreto
bombarderos Tupolev Tu-16 Badger armados con misiles antibuque AS-1
Kennel, su objetivo era el portaaviones «Karel Doorman». Por fortuna la
escala de violencia se pudo detener y el ataque finalmente no se llevó a
cabo al entrar en vigor el alto el fuego entre ambas naciones.
Ya a finales de los años 60, las misiones antisubmarinas asignadas a la Real Armada de Holanda fueron reemplazadas por helicópteros basados en fragatas y aviones de patrulla marítima con base en tierra, por lo que resultaba costoso el mantenimiento del portaaviones decidiendo darlo de baja. El 15 de octubre de 1968 fue comprado por la Armada de Argentina y renombrado «ARA 25 de Mayo» con numeral V-2.
El portaaviones Veinticinco de Mayo
El «ARA Veinticinco de Mayo» (V-2) fue nombrado en honor a la Revolución de Mayo de 1810,
estuvo operativo entre los años 1969 a 1997, vino a substituir al
anterior portaaviones «ARA Independencia» (V-1) (ex HMS Warrior R-31)
también de la clase «Colossus» operativo entre los años 1958 a 1970.
Su ala aérea embarcada original consistía en 24 aeronaves de los tipos: F9F Panthers y F9F Cougars de origen norteamericano; más adelante serian reemplazados por los cazas ligeros A-4Q Skyhawks, Dassault Super Etendard, S-2 Tracker antisubmarinos y helicópteros Sikorsky Sea King.
En 1978 participó en la Operación Soberanía en la que fuerzas militares argentinas tenían la intención de invadir Chile. Tras la anexión por parte del Chile de las islas Picton, Nueva y Lennox el 22 de mayo de 1977. El mando militar argentino quiso utilizar el portaaviones en misión de apoyo para la recuperación de estas islas y definir una nueva frontera con su vecino. Curiosamente la acción militar ya en marcha tuvo una intervención divina, siendo detenida por la intercesión del Papa Juan Pablo II.
En 1982 participó con el apoyo aéreo
de sus aviones a la invasión de las islas Malvinas, el primero de mayo
del mismo año sus aviones de alerta temprana S-2 Trakers detectaron la
flota inglesa liderada por el portaaviones HMS Hermes, el plan era
atacarlos con sus cazas A-4Q Skyhawk pero no pudieron lanzar sus aviones
a causa del escaso viento, los aviones iban muy cargados de bombas y
necesitaban un mínimo de viento de proa para lanzarlos.
Después de que el submarino «HMS
Conqueror» hundiera al crucero argentino «ARA General Belgrano», se
decidió emplazar a los aviones embarcados en la base terrestre de Río
Grande en Tierra de Fuego, desde donde realizaban sus acciones de
ataque, mientras que el portaaviones regresó a su base de Puerto
Belgrano.
Ante la imposibilidad por parte de la Armada argentina de obtener los recursos económicos necesarios para modernizar al portaaviones se lo dio de baja en el año 1997. Su última misión fue el destinarlo como base de piezas de recambio para el portaaviones brasileño «Minas Gerais» (A-11) y lo que quedó de él fue vendido para desguace.
