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domingo, 17 de mayo de 2026

Argentina: Visita de revista de la PNA a la Isla de los Estados

Isla de los Estados

Revista GUARDACOSTAS




Sobre la meseta del Cabo San Juan de Salvamento todavía se yergue el faro que en 1884 instalara el Comodoro Laserre. Bajo su estructura funcionó la Prefectura de Isla de los Estados, inaugurada el 25 de mayo de 1884. Esta fotografía fue tomada el 1? de abril de 1978, por GUARDACOSTAS, noventa y cuatro años después de haberse tomado posesión efectiva de la isla.

Fuente: Revista GUARDACOSTA- N° 39  Año 1978    Autor:Ricardo E. Polo
Muchos, incluyéndome, creíamos que Julio Verne, al escribir su "El Faro del Fin del Mundo", se había inspirado en ese legendario señalizador existente en San Juan del Salvamento, en el extremo meridional de la Isla de los Estados. Sin embargo, fue lo contrario. Una vez más, el genial escritor se anticipó a los hechos.

En la densa bruma del mar, en esa valerosa, aventurada navegación que nuestros antepasados marinos realizaban en los mares del sur y que Julio Verne describiera con singular precisión, existió, a partir de 1884, un faro. Un faro cuya trascendencia va mucho más allá del hecho en sí, para incorporarse a la leyenda y a la historia.

El 25 de mayo de 1884, el Comodoro Lasserre al mando de la Expedición al Atlántico Sur, inauguraba, después de tres meses de intensos trabajos, la Prefectura de Isla de los Estados y el Faro que sobre el morro del cabo San Juan, se dio en llamar San Juan del Salvamento.

Refiero con precisión un sentimiento: GUARDACOSTAS estuvo allí. Gestionó ante las autoridades de la Armada y de la Institución, las facilidades para llegar a ese remoto confín de la patria y ver, sentir, dimensionar aquello que se entremezcla con la niebla del olvido.

Alguna vez, GUARDACOSTAS refirió en sus páginas los aspectos históricos de aquella epopeya realizada por el comodoro Lasserre al establecer esos asentamientos soberanos que fueron la Prefectura de Isla de los Estados y la Prefectura de Ushuaia. Pero nuestro propósito no fue repetirnos en la información, sino dimensionarnos en el sentir.

Por esa razón a bordo del aviso A.R.A. "DIAGUITA", zarpamos de Ushuaia rumbo a la Isla de los Estados con el propósito de recalar allí y permanecer dos o tres días haciendo supervivencia y conocer, in situ, las condiciones en que se desarrolla la vida en ese remoto confín del país.

Tal vez habría que hacer referencia a los avatares de la navegación en los canales fueguinos, las tareas de balizamiento en las bahías de la Isla Grande de Tierra del Fuego, el cruce del estrecho de Le Maire, tremendo, y nuestro arribo a la Bahía Crosley, ubicada en la punta septentrional de la Isla de los Estados. Pero esa referencia sería redundante, pues tanto las sorpresas en viento, mar gruesa, temporal y peripecias son moneda cotidiana para nuestros marinos en el Sur, de manera que cualquier avatar ocurrido al autor, sería sólo a título de experiencia y así lo fue.

BAHÍA CROSLEY

Provistos de carpa antartica, bolsas de dormir, cantimploras, salvavidas y otros elementos para sobrevivir, desembarcamos en Bahía Crosley entre el ulular del viento, el rumor del mar y la inmensa soledad de 500 kilómetros cuadrados en los que sólo habitan cabras, algunos ciervos, petreles, cormoranes y extrañamente pequeños pajaritos parecidos a las palomitas grises.

El Jefe de la Prefectura de Ushuaia e Islas del Atlántico Sur, Prefecto Principal D. Sady Roberto Juan Annichini, nos proveyó de todo el material necesario para permanecer en la Isla. Y nos despidió con la certidumbre de que hubiera sido feliz de poder acompañarnos...

Creo necesario afirmar, que el concepto insular de la geografía que tenemos los argentinos respecto de los accidentes topográficos en el Sur, es, como ocurre con todas las cosas a las que no damos mayor importancia, tremendamente equivocado. Asi ocurre con esta Isla, que no es un desolado paraje, ni sus rigores climáticos obstáculo alguno para habitar en ella. La Isla de los Estados está cubierta por densa vegetación de un verde deslumbrante y que cambia a medida que se bordean sus costas. No existen playas en toda su extensión. Las montañas caen simplemente, abruptamente hasta el mar, con el que se confunden en una amalgama de tonalidades indescriptibles.

Sus bahías y caletas son numerosas y curiosamente bellas. Penetran hasta el vértice de dos o tres laderas y se encuentran protegidas por cabos en los que hay que virar para penetrarlas y fondear en ellas.

En el extremo del vértice una pequeña playa nunca mayor que doscientos metros permite arribar en bote de goma. No existen puertos, ni amarraderos, ni muelles. La naturaleza está intacta, virgen, magnifícente hasta en los cementerios vegetales, donde los troncos grises, sin vida, parecen encarar una resurrección artística en su milenaria quietud.

Y cuando uno pisa ése suelo, se experimenta el hecho de hacerlo sobre millones de años, durante los cuales las pequeñas hojas de calafate y todos los restos de vegetación, día tras día se acumulan en razón de la cadena vida-muerte-vida. A ese fenómeno natural se lo denomina "turba" y se debe no sólo a la sedimentación vegetal sobre el feraz humus, sino al hecho de los miles de chorrillos que desde las montañas se deslizan hacia el mar y humedecen permanentemente el suelo. Por lo demás, nada perturba la pureza ecológica de ese maravilloso territorio argentino.

Observando las laderas de las montañas vemos cómo la vegetación adquiere las formas que el viento define sobre la copa de los arbustos, Extrañamente los troncos son grises, con esa grisitud que pareciera obra de la muerte, mientras que sus hojas son lujuriosamente verdes y de gran contextura. Justamente para sobrevivir en las condiciones naturalmente rigurosas por el clima sureño.

La cúspide de las montañas permanece casi constantemente rodeada de nubes. Y el setenta y cinco por ciento del tiempo llovizna con esa discontinuidad que dan los vientos del Oeste y del Sur Oeste, deslizándose entre laderas que desde la costa, parecen perderse en una distancia de valles abruptos y misterio austral.


Personal del aviso A.R.A. "Diaguitá", acompañando a GUARDACOSTAS, desembarcan sobre las rocas de la bahía ubicada en San Juan de Salvamento, y que son Ios vestigios del muelle que existió frente a la Prefectura de la Isla de los Estados.


Junto a las ruinas existentes en Puerto Cook, el mástil que la Armada Argentina instaló hace más de noventa años permitirá elevar el Pabellón Nacional que ondeará orgulloso hasta que la tripulación de otro buque argentino lo arrie y reemplace, tal como ocurrió durante este viaje. En el grabado, el momento en que es izado un nuevo Pabellón.

Nosotros acampamos en un promontorio vegetal a unos cien metros de la costa en Bahía Crosley. Cuando el ARA "DIAGUITA" partió rumbo a Bahía Buen Suceso, en Tierra del Fuego, previo atravesar nuevamente el estrecho de Le Maire, nos sobrecogió una sensación de inmensa soledad, de intuiciones temerosas y de convicción de que estábamos atisbando lo que la leyenda y hasta la historia no había sabido decirnos: qué sintieron aquellos hombres que hace casi cien años, también como nosotros, debieron quedarse allí!. . .

SUPERVIVENCIA

Resulta claro que en las postrimerías de este siglo, nosotros, los que tripulamos esta nave espacial que es la Tierra, ya estamos curados de asombro. Para nosotros las comunicaciones, por ejemplo, son cosa hasta de niños. Porque cualquier niño tiene hoy en sus manos un transmisor-receptor con el que le es posible comunicarse con algún amiguito.

No existe, creo,' ningún vehículo terrestre, aéreo o naval que no posea hoy un medio de comunicación, sobre todo en los que deben recorrer muy largas distancias. Sin embargo, nosotros, en esa isla a astral, solos, en posesión de los medios más elementales para abastecernos, carecíamos de radio. En realidad estábamos haciendo supervivencia.

Y entonces nos fue posible comprender, cuando el "DIAGUITA" zarpó y nos supimos aislados del mundo civilizado, qué pudieron sentir aquellos osados argentinos que quedaron en la Isla para, simplemente, sin jactancias, cumplir con su deber. . . y en 1884, sin medios de comunicación, sin botes, ni barco, ni otra cosa que su ingenio y coraje para preservar la soberanía argentina en ese' territorio y constituir una esperanza de vida, un hito de salvación para quienes también osadamente, surcaban los mares del sur y sabían que allí, en San Juan del Salvamento, había otros seres humanos a la espera de tender su mano generosa ante la adversidad. ..

Porque así fue y no de otra manera. Y porque es necesario, imprescindible, rescatar del olvido no ya los nombres propios de quienes allí estuvieron, sino el hecho mismo de que hubiera argentinos con coraje que cumpliendo los dictados premonitorios de las autoridades de la Nación, aceptaban permanecer aislados de todo contacto civilizado, siendo ellos mismos avanzada de civilización.

¡Qué mal hacemos a su memoria deshabitando la Isla.. .!

LA NOCHE AUSTRAL

¡Qué cielo, Dios, qué cielo!... Negro, intenso, poblado de galaxias y estrellas de inmensa luz y sin que el titilar nos hiciera perder su magnificencia. . . Un cielo increíble, allí tan cercano, tal como si comulgara estrechando su axial e inconmensurable dimensión a la finita y endeble percepción del hombre. No voy a redundar en eso de que uno siente su pequeñez. Por el contrario, allí comprendí que las soberbias son increíblemente torpes. Pero también que la herencia de Dios, su mejor don para con nosotros, ha sido sin duda el poder percibir su creación!.. .

La noche austral cayó vertiginosa sobre nuestro campamento. Descendió también el frío y el ulular del viento, que navegó durante largas horas entre las laderas de las montañas y el ramaje de los arbustos que circundaban nuestras carpas. Fue en otoño, apenas cuando comienza el tiempo austral que en la práctica no es tan riguroso, pero que sí pudo serlo en aquellos tiempos en que la Prefectura de Isla de los Estados desarrollaba sus funciones casi al fin del mundo...

Y puedo afirmar que experimentamos realmente la soledad y el saber que eramos los únicos seres humanos en muchas millas a la redonda... muchas...

EN PUERTO COOK

Dos días después zarpábamos rumbo a Puerto Cook, con el propósito de filmar para el Canal 7 de TV más secuencias de la isla. Registrar en nuestras notas detalles del pasado. Arribamos a la Bahía Cook el 30 de marzo de 1978 cerca del mediodía. Nuestro primer acto al desembarcar sobre la pequeña playa de piedras y cachiyuyos, fue el de arriar el Pabellón Nacional que ondeaba orgulloso pero con evidentes marcas del paso de dos años sobre el mástil ubicado en ese lugar. Izamos entonces uno flamante, nuevo, colorido, emotivamente nuestro, profundamente sentido sobre el corazón acelerado y el frío agarrotándonos los dedos...

Luego visitamos el cementerio, las apenas visibles ruinas de la cárcel militar que allí funcionó hasta 1902 . . . Si imaginamos su odisea en el lugar donde Piedra Buena, luego de su naufragio, construyó con los restos de su navio bergantín goleta "Espora" el legendario "Luisito" cúter con el que realizó tantas hazañas en el sur argentino . ..

También allí recogimos vestigios del pasado... algunos restos de ladrillos de máquina con que se construyó la cárcel, ramitas de calafate, piedras de la bahía y algún enmohecido clavo rescatado de su decantación temporal para barnizarlo e incorporar su presencia a los vestigios del pasado.

EN SAN JUAN DEL SALVAMENTO

Y finalmente proa rumbo a San Juan del Salvamento, acariciado sueño que por fin se concretaba. ¡Visitar el faro más austral de la patria insular... reconocer con nuestros ojos y nuestras manos esa casi centenaria joya de la esperanza de los marinos . .. ! ¡Que metal viejo y ruin, sigue estando allí, con ese espíritu del clavo que inmortalizó Almafuerte...!

Pero estábamos allí también para reconocernos al pie del lugar donde el comodoro Lasserre inauguró aquel 25 de mayo de 1884 la Prefectura de Isla de los Estados, cuyas dotaciones no sólo debieron llenar de aceite la lámpara de lata que daba luz al faro, que bien podemos llamar "del fin del mundo", sino que con su presencia dieron luz de humanidad para tantos náufragos que allí recalaron, y para la Patria el ejemplo de sus sacrificios para representarla, soberanamente. Si bien es cierto que nuestra presencia allí fue la curiosidad periodística; la necesidad de sorprender la realidad en el sitio donde ella habita; comprobar el rigor de las circunstancias meteorológicas para compararlas y dimensionarlas en el tiempo, también hubo la necesidad de reconocer nuestra identidad, nuestra compenetración, nuestra certeza de pertenecer a una estirpe orgullosa de sus antepasados, seguros de nuestra misión, altivos sin vanidad por ser herederos de aquel coraje austral que no se limita a esto que hoy reivindicamos, sino a toda la epopeya patagónica realizada a fuerza de coraje, renunciamientos, sacrificios y ese silencio de la cosa que nunca pude entender ...


Enmarcado entre las colinas de un verde fulgurante que caen a plomo sobre las aguas del Atlántico, el aviso A.R.A. "Diaguita" aguarda a quienes desembarcaron en BahíaCrosley para permanecer durante tres días en la Isla de los Estados.


GUARDACOSTAS estuvo allí. El autor de la nota, acompañado por oficiales y tripulantes del aviso A.R.A. "Diaguita", emocionados al tener contacto con los vestigios del muelle existente en Bahía San Juan de Salvamento, donde recalaran en el pasado innumerables náufragos.

Yo creo que aquellos pioneros de la hoy Prefectura Naval Argentina, aquellos Oficiales, Suboficiales y Marineros que tripulaban la falúa ideal de cada unidad diseminada por las costas de nuestro mar argentino, merecen no solo el reconocimiento de saberlos a través de los antecedentes históricos sino de concebirlos en cada uno de nuestros corazones como un ejemplo válido, acompañando su memoria con el asombro que nos inspira el saber que también sus familias recorrieron la dura jornada del deber y sobrellevaron la soledad, lo inhóspito y el rigor de la naturaleza, que no castiga sino que prueba el temple de los hombres para ejemplo de las generaciones que habrán de sucederlos...

Eso teníamos en nuestra mente al querer estar allí. AI querer que a través de GUARDACOSTAS todos los integrantes de la Prefectura Naval Argentina pudieran saber que sobre sus espaldas existe el peso de una historia sólida, arraigada profundamente a la concurrencia de los hechos que jalonan la consolidación territorial, con una continuidad de servicio vivenciada a través de la tarea de posta, que cada uno y. todos sus hombres han realizado en su paso por sus filas y consolidándose al constituir cada uno de ellos un eslabón de la cadena institucional que nos amarra a los orígenes de la patria.

Naturalmente que resulta un privilegio alcanzar estas experiencias vivenciales. Un privilegio que medíante la palabra es posible recrear y transmitir. Pero ese privilegio es para nosotros motivo de búsqueda empecinada. Porque rescatar de alguna manera las sensaciones experimentadas por aquellos a quienes muchas veces conocemos por escuetos informes, pollas referencias formales o por el lenguaje austero que utilizan los hombres dedicados exclusivamente al cumplimiento de su deber, es motivo de orgullo periodístico, más allá de toda satisfacción personal.

Aquellos que fueron nuestros antepasados y de los que debemos sentirnos orgullosos, padecieron vicisitudes incontables. Si bien es cierto que su tarea fue a elección y que el cumplimiento del deber es una obligación inexcusable, no es menos cierto que el reconocimiento al valor, renunciamiento y sacrificio de todos y cida uno de ellos en particular, deber ser para nosotros una norma de conducta cotidiana.

Las particulares condiciones telúricas de la tarea Prefecturiana en todo al ámbito de su accionar, requieren una adaptación del hombre a la naturaleza que merece ser evidenciada. Así lo hemos intentado a través de ' esta nota y de la publicada en el número anterior por medio de GUARDACOSTAS.2

Y GUARDACOSTAS agradece al señor Prefecto Nacional Naval que autorizó el viaje: al señor Director de Prefecturas de Zona, que coordinó el operativo; al señor Jefe de Difusión de la Armada Argentina, que posibilitó los medios para nuestro traslado a la Isla de los Estados, y al comandante del aviso ARA "Diaguita", el que junto a su valerosa tripulación nos hizo sentir, comprender y saber con absoluta certeza de qué noble estirpe están inspirados todos los argentinos que dan todo de sí para ennoblecer nuestra soberana presencia en el Sur Argentino.

En lo que respecta a nosotros, tanto a nuestro acompañante el camarógrafo de Canal 7 D. Félix Arrieta —herido por la cornamenta de un ciervo en Bahía Crosley cumpliendo con su deber—, o que un temporal de viento y mar gruesa nos hiciera capearlo durante cinco días, o que la soledad nos hiciera experimentar realmente el miedo y las difíciles condiciones climáticas pensar en profundidad en nosotros mismos, poco importa. Lo trascendente ha sido que todo ello nos permitió dimensional realmente la necesidad que tenemos los argentinos de rescatar, junto a nuestros héroes máximos, a todos aquellos que desde la humildad de su sacrificio hicieron posible que estemos aquí y que la Patria sea . . .


Mientras la llovizna cae densa e intermitente, GUARDACOSTAS, desde este promontorio de vegetales fósiles, intenta reflejar en sus sentimientos el sentimiento de aquellos osados argentinos, integrantes de la Prefectura Naval Argentina, que vivieron allí y con su presencia reafirmaron nuestra soberanía nacional en los territorios australes.

miércoles, 22 de enero de 2025

Argentina: Faro de San Juan de Salvamento

Faro de San Juan de Salvamento





El Faro de San Juan de Salvamento, ubicado en la Isla de los Estados, Argentina, es conocido como el primer faro construido en aguas argentinas y ha sido apodado “El Faro del Fin del Mundo”. Inaugurado en 1884, su ubicación remota y su relevancia histórica lo convirtieron en una fuente de inspiración para la novela El Faro del Fin del Mundo de Julio Verne, aunque el autor nunca lo visitó personalmente. Su detallada descripción en la obra se basó en mapas y relatos de exploradores. El faro dejó de funcionar en 1902, pero en la década de 1990 fue reconstruido simbólicamente gracias al ingeniero francés André Bronner, quien buscó rendir homenaje tanto al legado histórico del faro como a la novela de Verne. Hoy en día, es un símbolo emblemático de la región austral argentina y un atractivo para amantes de la historia y la literatura. Su historia refleja el impacto duradero de la obra de Verne y el valor cultural de este icónico lugar.


sábado, 4 de febrero de 2017

ARA: Visitando el destacamento naval de Isla de los Estados

Isla de los Estados: cuatro marinos custodian el último refugio de la soledad
La guardia del puesto se renueva cada 45 días y sólo tiene comunicación por radio; evalúan recibir turistas atraídos por El faro del fin del mundo, de Julio Verne
Germán de los Santos - LA NACION




ISLA DE LOS ESTADOS, TIERRA DEL FUEGO.- La bruma encierra el misterio. Se vislumbran rocas oscuras y filosas entre las olas que se invierten en un juego extraño. Chocan entre sí con furia, mientras el viento despotrica un lenguaje lúgubre. Empiezan a aparecer los primeros picos cubiertos de nieve de la isla de los Estados. Los más altos alcanzan los 800 metros. Son el final de la cordillera de los Andes, que en este extremo austral quedó sumergida y perdió el duelo frente al encuentro del Atlántico y el Pacífico.



El barco Islas Malvinas de la Armada Argentina navega con precaución en esa tela espesa que cambia a cada momento. Primero es la densa humedad que se ve desde lejos, en forma de bruma. Y las capas que le siguen, de nieve, después de granizo y de lluvia helada.

Por ahora sólo cuatro personas viven en la isla, en Puerto Parry, donde está el puesto de la Armada, el único refugio de soberanía. La guardia del puesto cambia cada 45 días y los jóvenes militares permanecen allí en medio de ese paraíso de soledad. Sólo los une con la base de Ushuaia una radio y un radar.



Esa porción de piedra inhóspita irradió a lo largo de la historia una seducción que llevó a que el gobierno de Tierra del Fuego evaluara autorizar la explotación turística de la isla, pero esa propuesta quedó trunca. El gobierno nacional, a través de un decreto, dispuso en agosto pasado que ese lugar fuera declarado "reserva natural silvestre", por lo que se elevó el estatus jurídico en materia de protección ambiental. Ahora, una comisión mixta entre organismos nacionales y de Tierra del Fuego evaluará los proyectos turísticos. Uno de los planes que se estudiará es habilitar un crucero de National Geographic -que ya estuvo en la isla- y podría hacer la travesía para llevar gente seducida por el lugar, por su historia y sus leyendas literarias, irradiados por El faro del fin del mundo, de Julio Verne.


Isla de los Estados. Foto: LA NACION / Maxie AmenaIsla de los Estados. Foto: LA NACION /

Nunca nadie nació allí. Sólo hay parvas de muertos desde hace más de dos siglos, que no pudieron vencer esa atracción peligrosa que retrató W. H. Hudson, cuando escribió que quienes vagan por ese sur extremo "descubren un estado ancestral de calma equivalente a la paz del señor". A la muerte. En esa isla que ocupa 534 kilómetros cuadrados, y está separada 24 kilómetros al este de Tierra del Fuego, nadie pudo resistir mucho tiempo. Y pocos se animan hoy a cruzar el estrecho Le Maire, donde el escarceo de las olas destruye las ínfulas de los navegantes.

Luis Piedrabuena fue quien pudo domar por un tiempo esa isla, de la que fue dueño. Fue un héroe casi anónimo, explorador, filántropo, solidario, que rescató a 146 náufragos que sucumbieron ante tempestades y un mar despiadado. Como una especie de Robinson Crusoe austral, este hombre también naufragó y se logró construir El Luisito, un pequeño barco que armó con retazos de un naufragio y los árboles curvados por el viento. Murió en Buenos Aires en 1883, fundido y en la pobreza, con el grado de capitán honorario.

En la isla de los Estados no prosperó ningún emprendimiento comercial, más allá de las loberías de fines de siglo XIX y principios del XX. Hubo una cárcel militar en Puerto Cook, pero ni los guardias y mucho menos los presos soportaron el clima y la soledad de esa isla, y en 1902 fue clausurada. Ahora sólo quedan vestigios amorfos, cincelados por ese viento que ruge todo el tiempo.

La isla es el último refugio de la soledad, un rasgo que enciende una fascinación extraña. Y lleva a algunos viajeros a atravesar el océano para visitar un lugar que ofrece sólo lo que muestra, pero recubierto de mitos. Navegar por el estrecho Le Maire, en medio de esa confrontación que mantienen los dos océanos, nunca llega a ser una rutina. La respuesta está en el fondo del mar, donde descansan más de 50 barcos hundidos.

Es la primera vez que el aviso Islas Malvinas emprende el desafío, que es bien complicado: ingresar a la estrecha bahía de Puerto Parry interior. El barco debe pasar entre dos murallas de rocas afiladas que arriman peligro, que son las puntas Occidental y Marchisio.

Maniobra compleja


En Puerto Parry vive una dotación de cuatro personas. Foto: Ricardo Pristupluk y Maximiliano Amena

La maniobra es temeraria y siembra tensión en el puente de mando. El barco debe atravesar un pasillo de piedra oscura y sólo hay cuatro metros de margen a cada banda. Desde la cubierta se ven cuevas que modela el martilleo constante del mar, que sirven de refugio a los lobos marinos, mientras un petrel, con sus alas negras y blancas, da vueltas con lentitud, como suspendido en el aire.

Un error puede ser fatal para el Islas Malvinas. Y todos lo saben. La tensión flota en el puente de mando, que está repleto de oficiales, cada uno imbuido en su función. Los datos se repiten a cada instante. Resuenan como un eco constante. Profundidad, viento, velocidad. Y las principales guías son las balizas. Todo es manual, casi artesanal, como lo fue siempre. En este tipo de maniobras, explica un oficial, no sirve la posición satelital. No es seguro, afirma. Tiene un margen de error de unos tres metros.



El comandante Roberto Lovera observa con los largavistas y la proa asoma por esa bahía que sirve de refugio a los navegantes cuando escapan de las tormentas. La nieve de las montañas se refleja en el agua, que ahí dentro y en ese instante de la tarde parece más densa, como si fuera de cristal. En la cabina todos logran aflojarse. Se ve la boya que indica dónde tirar las anclas. Lovera suspira hondo y se queda un rato inmóvil en su asiento. En la cubierta se enciende otro trajín. Bajan los víveres en dos gomones y después arriban al pequeño puerto los que serán parte del recambio de la guardia.

Delante de todos, en el muelle están Rocky y Dana, los perros que son las mascotas del puesto. Ladran encendidos a los que se bajan de las lanchas. En la plataforma del helipuerto esperan los cuatro efectivos que dejan la isla. El silencio es pleno. Resuena un chorrillo de agua clara que cae desde un peñón. Es la canilla del puesto. "No debe haber agua más pura en el mundo", afirma Martín Reyes.



Puerto Parry está incrustado entre las montañas. Más allá de las dos casas que forman el núcleo del puesto Luis Piedrabuena no hay posibilidad de salir de ese embudo. Detrás de la montaña hay un lago, al que en verano se puede llegar tras rodear el monte de lengas. Hay cabras españolas y ciervos, que se trajeron hace más de un siglo.

"Es increíble, pero a veces en este lugar te sentís encerrado", confiesa Emilio Romero, el jefe del puesto, que le gusta correr y hacer gimnasia. Pero advierte que se conforma con flexiones de brazo y lagartijas en la cabaña.



La tarde empieza a caer y se agigantan las sombras del barco que está fondeado en la bahía. Destellan las luces en el mástil. A Teresita Escato le dicen Yacaré. Ella sonríe cuando lo cuenta y se emociona al recordar a su familia. Es enfermera y nació en Corrientes. "De los esteros al fin del mundo, sin paradas", ensaya.

A su lado está Reyes, que es de Jujuy. Él calculó que su casa está a 5300 kilómetros del puesto de guardia. Lo dice con orgullo, sólido, mientras corta un pan casero que aún está caliente dentro del refugio. "La soledad también tiene un costado lindo, aunque a veces se extrañe a la familia", apunta Marilyn Orquera. Para ella que las horas pasen con lentitud no son un problema, sino un bienestar extraño, de plena tranquilidad. En cambio, para Reyes siempre hay que estar ocupado para no recordar.


La réplica exacta del faro del fin del mundo, en el que se inspiró Julio Verne para su novela, queda en la bahía San Juan de Salvamento. Foto: Ricardo Pristupluk


Al otro día, el barco sale de la bahía y enfila para la isla Observatorio. Allí hay un faro, pero el lugar está sólo habitado por aves y pingüinos. Es que desde 1985 la Armada decidió levantar el puesto e instalar un panel solar que alimenta las luces, que tienen un alcance de 12 millas y guían a los navegantes. El guano de las aves contaminó la única fuente de agua dulce que existía. A diferencia de Puerto Parry, allí no hay un árbol. Es un páramo de turba y roca cruzado por intensos vientos. Y no hay ningún tipo de reparo. Los acantilados se elevan más de diez metros y es imposible amarrar.

Las ráfagas empiezan a zumbar y la bahía de Puerto Cook se encrespa. No es el espejo de Puerto Parry. El paisaje es distinto. Hay una extensa playa de canto rodado, donde sobresalen unas puntas que parecen dagas clavadas en la arena pedregosa.

Ahí están los vestigios del penal que albergó hasta principios del siglo pasado a presos militares, muchos de ellos desertores, que eran recluidos en el fin del mundo. En una loma, que está recubierta de calafates y nieve, está enclavado el cementerio. Son 21 cruces sin nombre. Quedan crucifijos ordinarios, de caño, pintados con antióxido que reemplazaron a las originales de madera. Debajo de esa loma hay un monte de lengas sumergido en el paisaje. Parece el único refugio natural.


Foto: Ricardo Pristupluk y Maximiliano Amena

También asoma una pequeña construcción de piedra con una ventanita que mira al centro de la bahía, que se divide en el medio con un islote cargado de bruma. Y una Virgen solitaria que mira al Norte. Era el refugio que Piedrabuena, con 30 años, construyó en 1862. Puerto Cook es el punto más estrecho de la isla. Tiene unos 300 metros. El beneficio de esa geografía lo convirtió en uno de los lugares más apreciados por los cazadores de lobos y ballenas. Pero nada nunca prosperó.




Piedrabuena fue el único dueño de la isla, luego de que el Congreso de la Nación le concediera la propiedad de la isla, junto con un islote en la desembocadura del río Santa Cruz, que él llamó Pavón. Creía que para defender la soberanía de ese estado aún en gestación había que darle vida a esos lugares poblándolos.



Flotan mitos en esa isla, que fueron atrapados por la literatura. Verne nunca estuvo allí, pero montó el ícono que identifica al lugar, cuando retrató con habilidad y bastante precisión el faro del fin del mundo. Está en San Juan de Salvamento, otra bahía más abierta que tiene en el extremo oeste el faro sobre una loma de 60 metros. Fue inaugurado el 25 de mayo de 1884 por Lasserre, que cinco meses después fundó Ushuaia. Es diferente a los faros convencionales. Fue construido con madera de lengas y tiene forma octogonal. La luz estaba proporcionada por 8 lámparas fijas de querosén colocadas detrás de unas ventanas cuyos cristales eran lentes de Fresnel. Vivían en él seis fareros en la más profunda soledad.

Réplica

Del original quedan restos en la base de la Armada en una réplica que se fabricó a manera de homenaje. El nuevo faro, que es igual al que montó Lasserre, fue construido en el verano de 1998, por impulso del navegante francés André Bronner que, fascinado por la novela de Verne, visitó la isla en 1994.



Para llegar al faro hay que caminar una media hora desde una playa de arena pedregosa. El sendero está acolchado de turba y casi es imperceptible entre la nieve y los arbustos. El faro es de madera pintada de blanco. En la entrada hay un antiguo barril que acumula el agua de lluvia que cae desde una canaleta del techo puntiagudo. Adentro huele a madera y todo está impecable. En una mesa hay ollas y sartenes para cocinar, y botellas de vino que dejan como ofrenda quienes pasan por allí. Las paredes están cubiertas de cuadros y fotos. También hay un cajón con banderas de veleros. Afuera el viento arrecia. Y por un momento la bruma se abre para que aparezca el mar mientras la tarde empieza a irse y las luces del faro encienden su magia.

El barco Islas Malvinas zarpa poco después de las 18, mientras el sol raquítico de abril se incrusta en las montañas. Los motores empiezan a rugir. Los comandantes del barco dan las órdenes finales sobre la cubierta y el buque construido en Polonia en 1987, de 81 metros de eslora, pone proa hacia el estrecho Le Maire, que empieza a mostrar sus dientes.


La carta de navegación de la zona. Foto: Ricardo Pristupluk y Maximiliano Amena

En el puente de mando, las sombras se agigantan. La oscuridad empieza a formar parte de la rutina. La luz no deja ver, advierte Carlos, un señalero. Y ese ambiente desde donde se guía al barco resalta los colores de las pantallas del radar y de la carta de navegación digital. En medio de un mar bravo gran parte de los tripulantes desaparecen. Y todo comienza a teñirse de un aroma a comida indescifrable. Muchos están acostados hasta que pase el mal rato. "Te das cuenta cuando hay mal tiempo en el barco porque nadie come", cuenta uno de los cocineros.

El buque rola, mientras el puente de mando se cubre de cierta tensión. El Islas Malvinas enfila hacia el cruce del estrecho Le Maire. "Vamos a tener una noche con baile", anticipa uno de los oficiales. El augurio se cumple. El barco se mueve con violencia y un termo, un mate y unas tazas se hacen trizas contra una ventana. Empieza a caer una llovizna que seguirá en medio de esa noche cerrada hasta entrar al amanecer en el canal Beagle, algo que todos esperan para que el barco deje de moverse. La isla vuelve a quedar encerrada en la bruma y en sus misterios. El barco y los efectivos de la Armada volverán dentro de un mes y medio.