miércoles, 29 de julio de 2026

PGM: Reflexiones sobre la batalla de Jutlandia

Georg von Haase: Reflexiones sobre la batalla de Jutlandia

Una andanada completa del crucero de batalla Derfflinger

Top War




Traducción del epílogo del libro de Georg von Haase, Dos pueblos blancos (Zwei weisse Völker)
Autor: Georg von Haase
Traducción: Slug_BDMP

Cuando en la mañana del 1 de junio salió el sol, la flota alemana se encontraba a la altura del Horns Reef, es decir, en el mismo grado de latitud en que está situada la ciudad danesa de Esbjerg. Y cuando no pudimos descubrir al enemigo por ninguna parte alrededor nuestro, en ese instante —lo confieso con toda franqueza— sentí como si se me hubiera caído una piedra del corazón: con nuestro buque acribillado, y sobre todo con nuestra artillería diezmada, no habríamos podido sostener con éxito un combate contra un gran buque de guerra cuya artillería permaneciera intacta. Yo ya había consumido casi por completo toda la munición de las torres “Anna” y “Bertha”, y no era posible acceder a los restos de munición de las torres “César” y “Dora”, porque las torres todavía estaban llenas de gases venenosos y los pañoles de munición estaban inundados.

Pero, por nuestra flota y por nuestra patria, lamento hasta lo más hondo de mi alma que entonces no se haya llegado a una batalla decisiva. Y, sin duda, esa circunstancia también fue una gran pena y una esperanza defraudada para nuestro comandante de flota, el almirante Scheer. A los ingleses no les habría resultado difícil imponernos combate a primera hora de la mañana. Durante toda la noche, sus cruceros y torpederos no habían perdido contacto con nosotros. Por consiguiente, el comandante en jefe inglés recibía constantemente por radio noticias sobre cada uno de nuestros movimientos. Y habría sido una enorme fortuna para nuestra patria que, entonces, en Horns Reef, es decir, no lejos de Heligoland, se hubiese llegado finalmente al combate. A juzgar por la experiencia del 31 de mayo, más de un buque inglés habría sido destruido, y habría hecho falta un gasto colosal de municiones para dejar definitivamente fuera de combate a los acorazados alemanes.

Si Jellicoe, el 1 de junio, en Horns Reef, hubiese entrado en combate decisivo, la flota inglesa, sin duda, se habría visto obligada a ceder a los Estados Unidos el lugar de flota más poderosa del mundo. Admito de buen grado que no podía hablarse de una destrucción completa de la flota de Jellicoe el 1 de junio. Pero, como hombre que conoce bien nuestros buques y nuestra artillería naval, así como los buques ingleses y su artillería, y apoyándome en mi experiencia artillera adquirida en la batalla del Skagerrak, puedo afirmar con seguridad: una batalla naval llevada hasta sus últimas consecuencias entre las flotas de línea inglesa y alemana le habría costado al enemigo un número muy elevado de grandes buques de guerra.

El 31 de mayo, después de retirarse de las “garras del león”, el almirante Scheer ya no tenía posibilidad de volver a formar la flota, antes de la llegada de la oscuridad, en una nueva disposición tácticamente favorable para el combate. Y una batalla nocturna entre dos flotas tan poderosas era algo imposible. A pesar de todas las señales de identificación previstas para el combate nocturno, inevitablemente se habría producido una confusión salvaje, un choque de buque contra buque, sin certeza alguna de si delante de uno estaba el enemigo o un camarada. Pero incluso si nosotros, como “jugadores audaces”, hubiéramos intentado imponer un combate nocturno, ¡la flota inglesa debía evitarlo! En una batalla nocturna habría perdido todas las ventajas de su superioridad numérica, de su mayor velocidad y de su artillería de mayor alcance, y habría dejado todo librado al azar ciego.

Jellicoe actuó de manera absolutamente correcta cuando, al caer la tarde, se separó de nosotros y durante la noche retiró sus escuadras con tanta habilidad que nuestras flotillas de torpederos, que rastrillaban sistemáticamente la zona del campo de batalla, nunca pudieron descubrirlas.

Y, desde el punto de vista estratégico, actuó de manera completamente acertada al no aceptar nuevamente el combate el 1 de junio. Utilizando la flota inglesa como fleet in being, es decir, mediante el solo hecho de su existencia, hasta ese momento había cumplido por completo la tarea que se le había asignado. La batalla del Skagerrak no interrumpió ni por un minuto la presión que la flota inglesa ejercía por su sola presencia. Si Jellicoe no hubiese aceptado la batalla del Skagerrak el 31 de mayo y, queriendo conservar intacta su flota, se hubiese retirado en cambio al puerto protegido de Scapa Flow, nosotros habríamos podido cumplir la misión que se nos había encomendado —hacer la guerra de cruceros en el Skagerrak y el Kattegat— y, de ese modo, habríamos conquistado por algún tiempo el dominio del mar del Norte. Sin embargo, fue precisamente la batalla del Skagerrak la que impidió el cumplimiento de nuestra misión.

Pero, al negarse el 1 de junio a atacar a nuestra flota, que se dirigía hacia los campos minados alemanes y hacia los puertos de la patria, Jellicoe no cedió ni por un instante el dominio del mar. ¿Para qué debía él, en esa partida estratégica de ajedrez, volver a cambiar piezas, si aun sin hacerlo su posición era tal que el jaque mate al adversario debía llegar inevitablemente?

Jellicoe regresó a Scapa Flow. Más tarde, cuando cedió a Beatty el puesto de comandante en jefe de la flota y el rey lo elevó al rango de lord, recibió el título de “vizconde de Scapa”. Entonces muchos en Alemania, y probablemente también en Inglaterra, se burlaron de que el almirante hubiese permitido que se lo llamara con el nombre de un paraje desolado donde su flota había permanecido fondeada durante casi cuatro años. Y, sin embargo, fue precisamente esa permanencia de cuatro años de la flota inglesa fondeada allí la que contribuyó de manera decisiva a que ahora toda nuestra flota de guerra tuviera que ser conducida justamente a ese lugar y repose hoy en el fondo de la bahía de Scapa Flow. ¡Qué triunfo para el “vizconde de Scapa”!

Cuando, después de la batalla del Skagerrak, la fe inglesa en la victoria quedó fuertemente sacudida, Churchill publicó en el número de octubre de la revista London Magazine una serie de artículos sobre la guerra en tierra y en el mar. Lo que allí dijo sobre la guerra naval y la batalla del Skagerrak, a mi juicio, es correcto. ¡Lamentablemente! Entonces nosotros debimos haber extraído de eso la siguiente lección: la flota inglesa sólo entra en combate fuera de nuestros campos minados y a una distancia respetuosa de nuestras bases de submarinos y de nuestras fortificaciones costeras. Y, aun así, nosotros debíamos procurar necesariamente una batalla naval general si en verdad queríamos intentar escapar de la garra de hierro con que Inglaterra nos estrangulaba. Por consiguiente, debíamos buscar a la flota inglesa junto a sus propias costas y combatirla allí.

Contra esto se objetaba que la guerra submarina sólo podía llevarse adelante mientras existiera una Flota de Alta Mar intacta, pues nuestros puertos militares quedarían bloqueados sin esperanza si perdiéramos la flota. A esto corresponde responder: en primer lugar, combatir contra la flota enemiga de ningún modo significaba de antemano la pérdida de toda nuestra flota. El Skagerrak, probablemente, lo demostró. Y, en segundo lugar, las fuerzas navales que en cualquier caso nos habrían quedado —cruceros, viejos acorazados y torpederos—, unidas a nuestros submarinos, minadores, dragaminas, dirigibles, aviones y fortificaciones costeras, habrían sido suficientes para continuar la guerra submarina. Además, todavía nos quedaba el Kattegat como salida para nuestros submarinos. En Flandes, la guerra submarina se llevó adelante directamente sin flota y en circunstancias mucho más difíciles que las que teníamos nosotros en el mar del Norte. Y la batalla decisiva de las flotas debía, precisamente, volver innecesaria la guerra submarina, poniendo fin a la guerra mediante un desenlace rápido.

Con estas reflexiones no quisiera ensombrecer nuestra alegría por la victoria parcial sobre la flota inglesa en el Skagerrak. Pero con esta victoria ocurrió lo mismo que, en definitiva, ocurre con cada una de nuestras victorias aisladas en el mar y en tierra: no pudo conducir al pueblo alemán a la victoria final. Y, sin embargo, en aquel momento actuó sobre la flota como un temple de acero, dio al pueblo alemán nuevas fuerzas y confianza en el futuro, e hizo mucho por elevar el prestigio de Alemania. Para Inglaterra fue un día duro aquel en que enviamos al fondo del mar a 10.000 marineros ingleses junto con el orgullo de la flota inglesa, mientras que poco más de 2.000 marineros alemanes debieron entregar su vida bajo la bandera victoriosa.

Un extracto de los artículos de Churchill en el London Magazine —otoño de 1916—, impreso por separado en la publicación Prensa Extranjera de la Oficina Imperial de Marina, se incluye en el apéndice.

Concluyo mis relatos sobre el día más grande en el mar que vivimos nosotros, los alemanes, con el deseo de que mi pequeño libro y el artículo de Churchill impulsen a muchos alemanes a comprender con mayor claridad la enorme influencia que el dominio del mar ejerció sobre la historia mundial y seguirá ejerciendo en adelante. Y expreso la esperanza de que, en los años venideros, más de un alemán, orgulloso de ser alemán y marino, sienta el soplo del viento marino.

Sí, nos hemos convertido en un pueblo pobre. Sí, nuestro honor nacional ha sido gravemente humillado. Pero por eso no debemos perder el valor para nuevas empresas. Recordemos las palabras:

¡Perdiste dinero: no perdiste nada!
¡Perdiste el honor: perdiste mucho!
¡Perdiste el coraje: lo perdiste todo!


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